El Motín de Esquilache

Un hombre embozado en una larga capa y ancho sombrero avanza a paso rápido por una atestada calle de Madrid en dirección a la Plazuela de Antón Martín.  Lo debe tener muy claro para ir de esa guisa. El hombre luce una poblada barba y tez tostada por el sol. Soldado viejo, sin duda. Las personas que a esas horas pueblan las calles de la capital se le quedan mirando, perplejos, con un deje de admiración heroica en sus miradas.

Y no es para menos.

Desde hacía varias semanas, el Secretario de Guerra y Hacienda, Marqués de Esquilache, había puesto en marcha una ley mediante la cual se prohibía el uso de la capa larga y el sombrero ancho o chambergo. El ministro opinaba que bajo aquel manto de tela cualquiera podía esconder todo tipo de armas y taparse el rostro con el embozo de la capa, dando lugar a infinidad de fechorías y crímenes que quedarían impunes.

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Motín de Esquilache, atribuído a Goya. Óleo sobre lienzo. Ca. 1766, 1767. Colección privada, París

Al ver cruzar por delante de sus narices al hombre, un soldado del cuartelillo que había en la Plazuela, y cuya labor era precisamente hacer cumplir el decreto del Marqués, le increpa, ordenándole que se quite esas ropas en el acto. El hombre se para en seco y clava su mirada en la del soldado. Una mirada que pone muy nervioso al soldado, aunque no alcanza a entender por qué.  Con una actitud altanera, el hombre no se achanta y se encara con el soldado, que de repente se ve acorralado por el empuje de este, que le mira con cara de muy pocos amigos. El soldado le empuja y desenvaina su espada al tiempo que se echa hacía atrás, para ganar distancia, pero lo único que gana es un poco de valor al saberse atrapado.

El hombre le mira juguetón y emite un cortante silbido. De pronto, de otros rincones de la calle, surgidos como ánimas, más hombres vestidos de igual guisa que nuestro soldado viejo se unen a él. No solo ellos, sino que personas anónimas, de toda condición, increpan al soldado, que cada vez le cuesta más esfuerzo templar sus nervios. Una cosa es reñir en la guerra, y otra, es reñir contra una turba enfurecida.

-¡A mí la guardia! ¡Compañeros, socorredme!

Un pistoletazo rasga el aire como un trueno. Todos vuelven la mirada a la fuente del estruendo. Una mujer, cubierta de harapos, yace en el suelo con un gran agujero en el pecho. La sangre pronto tiñe de roja el pavimento y el silencio se hace dueño del mundo. Sonidos de pasos al trote llegan desde justo el otro lado de la Plazuela. Un destacamento de soldado viene en socorro de su compañero acorralado. Pero ya es demasiado tarde. Al verlos, el hombre pega un potente alarido y atraviesa de parte a parte al soldado con un rugido ahogado. Como si estuviesen esperando su orden, la turba enfurecida ya no tiene control sobre sus actos. Solo les ha hecho falta un acto de crueldad para encontrar la justificación que buscaban. Y a su líder, pues para ellos no es más que eso el soldado viejo. Guiados por un furor sanguinario, se dirigen hacía el grupo de soldados que se preparan para el enfrentamiento.

El baño de sangre es cuestión de minutos.

 

El Rey Carlos, bonitatis,

el Gobernador, tontitis,

el Confesor, chilindritis,

pero el Ministro, agarrantis.

Los Grandes serán gratis

cabrones sin ton ni son,

Madrid, Datán y Abirón,

y si no hay quien nos socorra

también Sodoma y Gomorra,

excepto la Inquisición.

Pasquín vejatorio contra Esquilache en respuesta a los bandos con las nuevas ordenanzas, publicado poco después de la promulgación del decreto.

 

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Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, óleo sobre lienzo de Guiseppe Bonito. 1759.

 

En una lectura rápida y simple, la conclusión es que todo este lío se armó por prohibir ir vestido de determinada manera. Pero en realidad fue mucho más allá. Desde que Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache (1699-1785) llegó al poder promulgó infinidad de reformas y mejoras para llevar a España a codearse de tú a tú con el resto de países europeos. No olvidemos que estamos en el período conocido como la Ilustración, y Carlos III tenía muy claro cuáles eran los pasos a seguir para sacar a España del atraso.

Pero los españoles no lo y teníamos tan claro y a cada nuevo decreto de Esquilache se producían protestas y tumultos. Algo incomprensible cuando muchas de estas medidas contribuían a mejorar la vida cotidiana. Por ejemplo, entre las medidas decretadas en 1766 estaba la introducción de un plan de saneamiento urbano, la instalación de luces en las calles y la prohibición de los juegos de azar.

Lo que ocurrió aquel 23 de Marzo de 1766, Domingo de Ramos, fue la gota que colmó el vaso de todos los encontronazos que tuvo el pueblo español con el ministro extranjero. Varias personas acabaron muerta y los madrileños prometieron no claudicar ante tales ordenanzas modernas promulgadas por aquel ministro extranjero. Al día siguiente, los disturbios empeoraron mucho más cuando bandas de furiosos españoles, embozados en sus capas, invadieron las calles exigiendo la dimisión de Esquilache. Una de las turbas se encaminó hacia la Casa de las Siete Chimeneas, donde vivían el ministro y su familia, jurando que lo sacarían por la fuerza y le harían arrepentirse de su decreto. La iracunda plebe irrumpió en la mansión y, al no encontrar allí al indeseable ministro, saquearon su casa y lanzaron por la ventana los muebles y todo lo que encontraron en su camino. Esquilache se hallaba reunido con el rey en el palacio Real y su familia tampoco estaba en casa. De haberse encontrado en casa quizá no le hubieran matado pero hubieran andado cerca.

¿Y qué hizo Carlos III para parar toda esta locura? Pues lo único que podía hacer. Destituir a Esquilache y derogando el decreto. Esquilache abandonó definitivamente España en abril de 1766 desde el puerto de Cartagena, con rumbo a Nápoles. El día 5 de abril del citado año, a punto de salir hacia Italia dejó escrito: Yo he limpiado Madrid, le he empedrado, he hecho paseos y otras obras… que merecería que me hiciesen una estatua, y en lugar de esto me ha tratado tan indignamente. Ya desde Nápoles, y más tarde desde Sicilia, Esquilache no cejó en su empeño de abogar por la rehabilitación de su honra, pidiendo un puesto que demostrase su inocencia, hasta que consiguió la embajada de Venecia en 1772, la cual conservaría hasta su muerte en 1785.

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