La Torrecilla del Leal

Poderosos golpes resuenan en la oscura noche. Las antorchas portadas por unas siluetas negras arrojan una luz cegadora sobre el portón.

Silencio.

Los golpes vuelven a sonar más fuente.

-¡Posadero!

Un trajín de pasos y sonidos lejanos se escuchan al otro lado del portón de madera.

-¿Quién va?

Su voz suena trémula, llena de pavor. ¿Quién puede ser a estas horas de la noche? No se puede confiar en nadie. Podrían ser soldados leales a Pedro I o simpatizantes del traidor Trastámara. No hay forma de saberlo y negarse a abrir no es una opción. Si les muestra hospitalidad quizá se muestren benévolos con él, hasta puede que le paguen una buena suma. No están las cosas para desperdiciar una buena oportunidad de sacar unos reales. Su mujer y sus dos hijos tienen que comer.

-¡Soldados del Rey! ¡Abrid en nombre del Rey o echaremos la puerta abajo!

Escuchar eso no le tranquiliza en absoluto, pero ya ha tomado una decisión. Abre la puerta y frente a él se encuentra a ocho soldados armados con picas y espadas. Los más adelantados portan antorchas y todos parecen formar en círculo para proteger a un hombre enmascarado. ¿Puede que sea el mismísimo Rey? ¿Pero cuál de ellos? Para él solo hay un único y verdadero Rey; Pedro I de Castilla. Aunque quizá ellos no opinen lo mismo. ¿Y por qué iba a aventurarse Enrique de Trastámara en mitad de la noche a buscar cobijo en una granja aislada, lejos de Madrid? Lejos de Madrid, ahí estaba la respuesta.

-Hacéos a un lado, señor.

Con un brusco ademán, el soldado aparta al anciano, que mira perplejo y balbuceando como el resto de la tropa entra en la estancia. Una estancia pobremente iluminada y con restos de lumbre en el hogar. Una par de sillas y una tosca pero robusta mesa es todo el mobiliario que hay.

-Anciano, si os portáis bien mi señor os recompensará.

El anciano mira de reojo al hombre enmascarado, que se ha sentado en la silla y no parece tener mayor preocupación que mirar a la pared.

-¿Puedo confiar en vos, anciano?

La serena voz del enmascarado le pilla por sorpresa. Aquello le pone más nervioso. Está claro que está metido en un asunto peliagudo. ¿Qué opciones tiene? Ninguna, por supuesto que se haya entre amigos. Aunque no entiende porque a un hombre escoltado por 8 soldados le preocupa no hallarse entre amigos.

-Sí…, claro… señor.

El hombre se levanta de la silla y se encara con el anciano. Este siente de súbito que está en peligro, que algo malo va a ocurrir. Pero se queda ahí quieto, mirando fijamente al hombre que viene hacía él. Casi no puede distinguir sus rasgos, pero a cada paso que da, las antorchas colocadas en la pared arrojan unos segundos de luz sobre el rostro enmascarado, suficiente para distinguir unos rasgos que le son familiares. ¿Es posible?

El hombre se para a unos pasos del anciano y con un movimiento sereno se despoja de su capucha y descubre su rostro. El anciano ahora ya no tiene dudas, es él, el usurpador. La lógica le dice que debe mantenerse como hasta ahora, cauto y con la boca cerrada pero un fuego va creciendo poco a poco en su corazón.  Las palabras que brotan de su boca las pronuncia sus labios de forma automática, sin que él pueda hacer nada para remediarlo. Su destino está sellado.

-¡Traidor! ¡Muerte al usurpador!

Enrique de Trastámara mira al anciano perplejo, no entiende como acaba de cometer semejante insensatez. Estaba dispuesto a perdonarle la vida si hubiese mantenido la boca cerrada.

Acto seguido, sus hombres apresan al hombre, que no opone resistencia, y le llevan fuera, a la oscura noche. Lo último que ve Enrique del anciano es una mirada firme, relajada, desafiante. Mejor morir de pie que vivir de rodillas, piensa. Enrique le devuelve la mirada, y asiente levemente. Ha entendido el mensaje y él es un hombre de honor, y respeta a los hombres que son valientes.

La niebla cubre los campos y los árboles. Los primeros rayos de la mañana van descubriendo poco a poco el espectáculo de la naturaleza. El graznido de un cuervo cercano rasga el aire con su potente sonido. En un roble solitario, con las hojas aún cubiertas por el rocío y la escarcha de la helada, cuelga un cuerpo sin vida. Esta desnudo y con el cuello torcido en una grotesca mueca.

Su mujer y sus hijos pronto lo encontraran.

 

Retrato_de_Pedro_I (1)

Pedro I de Castilla, Retrato Imagianrio de Juan Domínguez Becquer. 1857

Durante la Primera Guerra Civil Castellana (1351-1369) dos hermanos, Pedro I de Castilla y Enrique de Trastámara, hijo bastardo de Alfonso XI y su amante Leonor de Guzmán, estaban en guerra.

Una guerra que comenzó Enrique, que pretendía arrebatar el trono a su hermano (algo que consiguió al fin en 1369), y que se sostuvo gracias al apoyo de la nobleza castellana. Enrique intentó recortar las atribuciones de Pedro y, sobre todo, su influencia política. Esta alianza entre Enrique y la nobleza fue bien percibida por la población como un obstáculo a las leyes que Pedro promulgó en las Cortes de Valladolid de 1351, que promovían el comercio y la artesanía y la seguridad de las personas. Como resultado, el pueblo llano apoyó al rey Pedro I, dándole el sobrenombre de el Justiciero, mientras que sus enemigos lo apodaron el Cruel.

 

Mientras tanto, mediante aprobación por votación en el Concejo de la villa, Madrid permaneció fiel a Pedro I de Castilla, y se le encomendó a Hernán Sánchez de Vargas la tarea de defender la ciudad. Para ello levantó una numerosa mesnada que salió por la Puerta de Guadalajara presentando batalla a las fuerzas de Enrique que sitiaban la villa.

Las diferentes puertas de Madrid estuvieron asimismo defendidas por las más notorias familias madrileñas:

  • Los señores de Luján (los Lujanes) en la Puerta Cerrada.
  • Los señores de Luzón (los Luzones) en la Puerta de Guadalajara.
  • Los señores de Herrera (los Herreras) en la Puerta de la Vega.
  • Los señores de Laso de la Vega o Lasso de Castilla (los Lassos), a la que perteneció Garcilaso de la Vega, en la Puerta de Moros.
  • Los señores de Barrionuevo (los Barrionuevos) en la Puerta de Balnadú.
  • El prior y los monjes benitos en el Postigo de San Martín.

Enrique_II_de_Castilla

Enrique de Trastámara, luego Enrique II de Castilla, en la Tabla Virgen de Tobed de Jaume Serra. Alrededor 1360.

La resistencia de los madrileños y Sánchez de Vargas fue grande, por lo que el futuro Enrique II de Castilla el Fratricida levantó el asedio el 24 de octubre de 1366 sin lograr su objetivo de arrebatar Madrid a Pedro I.

Calle de la torrecilla del leal madrid nomenclator_alfredo ruiz de luna

Placa de la Calle de la Torrecilla del Leal, en el Barrio de Lavapiés. 

Ya ahora llegamos al porqué del relato que comenzaba este artículo. Cuenta la leyenda, que en los terrenos de la actual Calle de la Torrecilla del Leal, extramuros de la villa madrileña, en el actual barrio de Lavapiés, existía una granja con una pequeña torre en la que se presentó una noche solicitando alojamiento don Enrique con una cuadrilla. El dueño se lo negó llamándole “¡traidor!” por lo que quien sería el primer Trastámara de Castilla le mandó ahorcar en aquella torrecilla, desde entonces conocida por los madrileños como Torrecilla del Leal.

 

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