El Cráneo y el Pintor

El viento agita las copas de los altos cipreses y el sonido que produce al pasar por entre sus hojas es como el tañido de una lejana campana. Constante, hipnótico, sin compasión. Las nubes son grises, como el día, y la pálida luz del sol apenas puede disipar la opresiva y decadente atmósfera que se respira en el camposanto.

Una comitiva de figuras negras avanza por el camino central del cementerio. Sobre sus hombros portan un féretro. Un sacerdote lidera la comitiva. Avanzan con paso firme y pesado. Sus pasos retumban por todo el recinto y con cada uno de ellos se acercan más al imponente mausoleo que preside el camino central. Un edificio cuadrangular, como un templo en miniatura, coronado por dos negras estatuas de ángeles dolientes, les da la bienvenida. En su interior solo hay la más absoluta negrura.

El sacerdote y el resto de la comitiva se hacen a un lado, dejando el paso libre a los portadores del féretro. Poco a poco el resto de los asistentes van entrando al mausoleo. Su puerta se cierra con un pesado golpe y fuera ya no queda nada más que el viento, que sigue soplando inclemente.

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El Pintor Francisco de Goya, Óleo sobre lienzo de Vicente López, 1826.

El canto de los grillos se detiene de golpe. Una silueta avanza por entre las tumbas, tratando de pisar por el mullido suelo a fin de evitar hacer ruido. La azulada luz de la luna baña el camposanto y envuelve el lugar con un velo de misterio. La silueta se torna en un muchacho desgarbado, con un gabán que le cubre por completo de tal manera que parece que el abrigo tiene vida propia. Porta en sus manos pico y martillo y un farol que apenas deja entrever sus facciones.

Entra en el mausoleo.

El chasquido de un fósforo encendiéndose y los secos golpes de un martillo golpeando la piedra es lo único que se escucha en el camposanto. Le siguen más sonidos de piedra fragmentándose y cayendo al suelo y, de pronto, el silencio. Un silencio que se prolonga por espacio de varios segundos. Un corte rápido y carnoso es lo siguiente que se oye. Carne humana siendo desgarrada y desprendida de los huesos, mezclada con sangre y, después, el silencio.

El muchacho sale del mausoleo corriendo como una exhalación. En sus manos porta un saco gris con una gran mancha roja. Parece que guarda un objeto de forma esférica.

Pequeños chorros de sangre van cayendo del saco, tiñendo de rojo el camposanto.

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Cráneo de Goya, Óleo sobre lienzo, Dionisio Fierros, 1849.

Efectivamente, el paradero de la cabeza de Francisco de Goya es un misterio. Tanto es así, que no fue hasta 1880, estando el cónsul español en Burdeos, Joaquín Pereyra, visitando la tumba de su esposa en el cementerio La Chartreuse de esa ciudad se enteró de que allí, a pocos metros de los de su mujer, descansaban los restos del ilustre pintor.

Ocho años después (está claro que la burocracia española nunca ha sido ágil) el 16 de Noviembre de 1888, se realiza la primera exhumación del cadáver desde su entierro en 1828. ¿Y qué se encuentran? Pues que Goya anda si cabeza. Pereyra escribe un telegrama a Madrid “Esqueleto Goya no tiene cráneo” a lo que Madrid contesta “Envíe Goya con cráneo o sin él. Y tras mucho trajín, por fin llegan los restos del pintor a la capital del reino, primero en el Sacramental de san Justo para acabar, ahora y parece que para siempre, en la ermita de San Antonio de la Florida, donde reposa Francisco (sin cabeza) desde 1919.

Pero, ¿por qué Goya perdió la cabeza, literalmente? Hay varias teorías al respecto. La primera, la oficial, dice que la cabeza fue donada a un médico para ser estudiada debido a la gran fama del pintor. Por aquel entonces la frenología, pseudo-ciencia hoy completamente desechada, que trataba de buscar una relación entre el tamaño del cráneo del individuo y su inteligencia, estaba muy en boga, por lo que puede ser una hipótesis plausible.

Y sobre la base de esta teoría hay varias variantes y alguna que otra distinta. ¿Os suena Dionisio Fierros? Fue un pintor asturiano que en 1849 pintó un óleo con la mismísima calavera de Goya, o eso se dice. En el reverso del cuadro se indica que se trata del auténtico cráneo del pintor aragonés y, a modo de fedatario, aparece la rúbrica del marqués de San Adrián. A lo largo de los años varias han sido las voces que han clamado que Fierros pintó ese cuadro  con la calavera original como modelo y que, pasado el tiempo, el cráneo pudo haber acabado en manos de un hijo suyo, que por 1911 estudiaba medicina en la Universidad de Salamanca. Y por mano de este mismo médico, según apuntaron algunos, hace décadas que el cráneo acabó fragmentado, disgregado y, en fin, perdido.

Otros especularon con que hubiera sido el propio Goya quien confiara entre sus últimas voluntades que su cráneo acabara siendo donado a la ciencia. O incluso que pidiera que su cabeza fuera llevada a Madrid para reposar cerca de los restos de la duquesa de Alba.

Lo que parece claro es que Goya recibió sepultura con la cabeza debidamente colocada sobre sus hombros, o así lo asegura un testimonio recogido en 1888, cuando se exhumó la tumba de Burdeos y se recabó información para saber más acerca de cómo fue el entierro. Una mujer, nonagenaria ya por aquel entonces, aunque insistió en que tenía perfectamente nítido el recuerdo, lo dejó claro.

Francisco de Goya fue enterrado con su cabeza intacta.

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