La Fontana de Oro

Si el Café Comercial fue un símbolo de Madrid hasta hace escasas semanas, La Fontana de Oro lo fue para los madrileños liberales, que creían firmemente que una nueva España, abierta, democrática,y justa, era posible. Y se ganó un lugar en la historia al quedar inmortalizada por Don Benito Pérez Galdós en su novela homónima.

Cuando España por fin parecía que salía del absolutismo y abría las puertas a las nuevas corrientes que inundaban Europa en el llamado Trienio Liberal (1820-1823), La fontana de Oro se postuló como lugar de encuentro para los liberales de la capital, donde, subidos a una pequeña tribuna jaleaban, exhortaban, clamaban y, en fin, debatían sobre una nueva idea de España.

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Antonio Alcalá Galiano, grabado de Jesús Gómez. Alrededor de 1812.

¿El origen? Al parecer, mediando el siglo XVIII sólo había tres grandes fondas en Madrid, La Cruz de Malta, la Fonda de San Sebastián y la que nos ocupa, que poco antes figuraba como Posada de Caballeros, regida por un veronés, de nombre Giuseppe Barbazan. Fue durante el Trienio Liberal cuando la Fontana se convirtió en lo que la haría famosa en aquel entonces y hoy en día. La presencia en ella de grandes oradores como Antonio Alcalá Galiano, haría el resto. Don Benito Pérez Galdós la describió así, al inicio del capítulo II, en su primera novela, titulada con el nombre del célebre café.

       En la Fontana es preciso demarcar dos recintos, dos hemisferios: el correspondiente al café y el correspondiente a la política. En el primer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más al fondo, y formando un ángulo, estaba el local en que se celebraban las sesiones. Al principio, el orador se ponía en pie sobre una mesa, y hablaba; después, el dueño del café se vió en la necesidad de construir una tribuna… Por último, se determinó que las sesiones fueran secretas, y entonces se trasladó el club al piso principal. Los que abajo hacían el gasto, tomando café o chocolate, sentían en los momentos agitados de la polémica un estruendo espantoso en las regiones superiores…, temiendo que se les viniera encima el techo, con toda la mole patriótica que sustentaba…

Pero todo quedó truncado con la llegada, el 24 de mayo de 1823, de los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, hijos muy orgullosos de su padre, pues vinieron en auxilio y socorro de El Deseado (para la gran mayoría de españoles Fernando VII lo era, desgraciadamente). A partir de ese día todo se precipitó y el sueño liberal español se dio de bruces con la opresiva realidad. El General Rafael de Riego, líder liberal y defensor de la Constitución, que había iniciado un levantamiento contra el Rey y que dio lugar posteriormente al Trienio Liberal, antes mencionado, fue ejecutado públicamente en la madrileña Plaza de la Cebada el 7 de Noviembre de 1823. La sangrienta masacre que acompañó al ajusticiamiento y la posterior huida de Alcalá Galiano fuera del país, hicieron que la Fontana volviera a su antigua función de fonda para viajeros. Ya no había en España cabida para la libertad.

 

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Retrato de Rafael de Riego. Autor desconocido.

Pasaron así dos décadas en las que la Fontana fue testigo de los vaivenes de la vida madrileña, hasta que en 1843, Casimir Monier, un innovador empresario francés, adquirió, junto con las fincas colindantes, la vieja Fontana de Oro.

El nuevo complejo hostelero que tomó el nombre de Hotel de Monier pero que siguió conociéndose con su nombre antiguo, aparecía en el Hand-Book for Travellers in Spain (1845) de John Murray así descrita: La afamada Fontana de Oro, durante mucho tiempo el mejor hotel de Madrid, y entre los peores de Europa, ha sido transformada en un establecimiento para baños, alojamiento y salas de lecturas.

Hoy en día, un pub irlandés ocupa el lugar de La Fontana de Oro, con el mismo nombre del antiguo café. Junto al luminoso que lo anuncia, dos placas conmemorativas lo recuerdan, una del Ayuntamiento madrileño y otra, en mármol, en memoria de la novela de Galdós.

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La nueva Fontana de Oro.

Algunos viajeros extranjeros que pasaron por la Fontana dijeron de ella:

«La única fonda tolerable de todo Madrid», dijo Edward Clarke, capellán británico.

Arthur de Capell-Brooke, el creador del club británico Raleigh, luego Real Sociedad Geográfica, huésped en 1826, describía el ambiente del café de la Fontana de Oro en estos términos:

                      Es capaz de albergar unos cien holgazanes, que en horas de ocio, que en España no     están muy definidas, están muy ocupados haciendo nada, esto quiere decir, bebiendo limonada, fumando puros y jugando a la política.

El diplomático inglés Henry Southern, duro y probablemente justificado crítico de la hostelería madrileña de 1835, tras hacer una descorazonadora descripción de su cama en La Fontana de Oro, concluye que ni siquiera Macbeth podría dormir con tanta inquietud como los que están expuestos a las garras de un activo, vigilante y experimentado bicho de Madrid. La ciudad en general es célebre por ellos y las fondas se enorgullecen de tener los peores.

Para gustos, los colores.

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