¡Adiós Patria mía, sé feliz!

Unos ojillos negros brillaban con la intensidad de una vela en su apogeo. No apartaban la mirada de una solemne puerta justo frente a ellos. A ambos lados de dicha puerta otros chicos estaban agazapados, ocultos tras unas anchas sillas que reposaban sobre la pared, a la espera de la inminente aparición de su presa. El pasillo estaba pálidamente iluminado, la escasa luz del sol de invierno apenas podía penetrar las grandes ventanas de madera. Los ojillos negros hicieron un rápido barrido de toda la estancia, asegurándose de que todo estaba en su sitio. Los otros chicos le miraban como si fuese su particular Napoleón y él, Luis Candelas, no hacía ascos a ese tratamiento.

Pese al nerviosismo y la expectación que se palpaba en la sala, se trataba de algo muy sencillo y, debido a esa sencillez, resultaba el doble de humillante y triunfal.

Unos pequeños golpecitos, como alguien que golpea con los dedos una mesa haciendo memoria, interrumpieron los pensamientos de Luis y pusieron al resto del grupo en alerta. Todos estaban preparados y Luis, con un gesto, les indicaría cuando tendrían que actuar.

La puerta se abrió, y un clérigo, alto, delgado y de aspecto distraído, apareció sobre el marco. Canturreaba alegremente ajeno a lo que se le venía encima. Portaba una gran cantidad de papeles que sostenía con sumo cuidado mientras cerraba la puerta de su despacho con llave.

Luis levanto la mano, y sus compañeros agarraron con más fuerza la cuerda. El cura comenzó a caminar por el pasillo hacía donde se encontraba Luis, pero sin reparar en él.

-Buenos días tenga usted, don Hilario

La relajada y melosa voz de Luis sacó de su ensimismamiento a don Hilario, que  apresuró el paso para alcanzarle. Seguía Luis con la mano levantada y el cura reparó en ella, pero no le prestó mayor atención. Cuando estaba en la mitad del pasillo, el chico bajó la mano con un gesto rápido y enérgico. Acto seguido, sus compañeros tensaron con todas sus fuerzas la cuerda y don Hilario, que no se percató de nada, cayó a plomo al suelo, como un saco de carne carente de toda voluntad. La risotada fue igual de monumental que la cara de perplejidad y vergüenza que apareció de súbito en el rostro de don Hilario. Se levantó rápidamente, pensado que así, gracias a la velocidad de respuesta, la vergüenza quedaría menguada, pero no fue así.

Luis estaba frente a él, con una mirada burlona en su semblante.

  • ¿Está usted bien don Hilario?

El clérigo apretó los labios con furia y en su frente apareció un remolino como en la mayor de las tempestades. Se acercó hacia Luis y, sin mediar palabra, le cruzó la cara. El sonido que produjo el sopapo fue casi como un disparo de fusil: hueco, seco, doloroso.

Un rubor apareció en las mejillas de Luis, que estaba con la boca abierta en un ridículo gesto de asombro. No es que no esperase la reacción de don Hilario, pero la prontitud de la reprimenda le dejó descolocado. Apareció entonces una resolución en su rostro que don Hilario advirtió, aunque no supo su significado. Pareció casi como si Luis ganase en tamaño y debió ser así ya que acercándose al cura, le plantó dos sonoros bofetones en cada mejilla que retumbaron como disparos de cañón por todo el pasillo. Don Hilario, no del todo recuperado de la anterior jugarreta, se inclinó hacia atrás, como para ganar perspectiva y objetividad de lo ocurrido. Sujetó con fuerza de los hombros a Luis y se lo llevó a su despacho.  La actitud de los compañeros de Luis cambió de las risas descontroladas al más absoluto silencio. Lo que acaban de ver era algo muchísimo más grave que la travesura de hacer tropezar a don Hilario.

Veían avanzar, con caras graves y puños contraídos, a su compañero por el pasillo como Jesús cargando con la cruz de camino a su martirio, pero la mirada que Luis les devolvía no denotaba ningún atisbo de preocupación o miedo por lo que vendría después. Al contrario, en su rostro había dibujada una socarrona sonrisa de orgullo.

 

220px-Luis_candelas

Luis Candelas, grabado de la época. Autor desconocido.

Y así, como en las grandes historias, comenzó la leyenda de Luis Candelas. Leyenda que aún hoy sigue viva. Nació Candelas en 1804, en una carpintería del madrileño barrio de Lavapiés, tercer hijo de un matrimonio que vivía sin agobios económicos y que dio estudios a Luis en el colegio de San Isidro. A pesar del incidente arriba narrado y de su lógica expulsión del colegio, adonde no volvería jamás, Candelas siguió leyendo todo libro que caía en sus manos, teniendo así una formación autodidacta. Desde muy joven Luis mostró una gran debilidad por el buen vivir y no se cortaba un pelo a la hora de vestir bien y cultivar unos buenos modales además de ser un alborotador y díscolo sonado, cometiendo ya a los 15 años su primer robo, siendo detenido y apresado poco después en la Cárcel de Villa, por deambular por la Plaza de Santa Ana a altas horas de la madrugada. Unos años más tarde, con 19 años, su padre muere, hecho que hace replantearse la vida al joven Luis, que ejercerá de librero por un tiempo. Luis era hombre de no sentar pies ni cabeza y poco después abandonó su oficio de librero para robar de nuevo, esta vez dos caballos y una mula por lo que fue condenado a 6 años de cárcel. Durante estos años, entre 1823 y 1830, Luis sedujo a multitud de mujeres, viviendo a costa de ellas, reconociéndose como un Don Juan.

La vida holgada y respetable que llevaba durante el día (pues se presentaba como Luis Álvarez de Cobos, hacendista del Perú) era difícil de mantener sin unos ingresos fijos, de manera que creo una cuadrilla en 1835 formada por Paco El Sastre, Francisco Villena, Mariano Balseiro, Leandro Postigo, Juan Mérida, José Sánchez El del peso, Pablo Maestre, Pablo Luengo El Mañas y los hermanos Cusó (Antonio y Ramón), para realizar robos más grandes. Se reunía con ellos en las tabernas La taberna del CuclilloLa Taberna de Jerónimo Morco, que pertenecía al cuñado de Balseiro, en la calle de Mesón de Paredes, La Taberna de la Paloma en la calle de Preciados, la de Traganiños, en la calle de los Leones junto a la calle de Jacometrezo y en la taberna de El Tío Macaco, en la calle Lavapiés. Todas ofrecían el mejor servicio a la banda, buen vino, buenas “cantaoras”, buen escondite y buena compañía femenina; Con esta banda realizó diversas fechorías, cada vez más arriesgadas y con mayor botín, que por su ingenio y buen humor fueron cantadas por los madrileños con cierto cariño. Por la noche, sin embargo, cuando salía por la puerta de atrás de su casa, en el número cinco de la calle Tudescos se convertía en un truhán, el rey de los bajos fondos.

Su máxima era que la fortuna estaba mal repartida, y bajo este pretexto, se dedicó a robar ampliamente, acabando muchas veces con sus huesos en la cárcel. Poco tiempo pasaba entre rejas ya que sobornaba a carceleros o, simplemente, lograba fugarse.

Como en todo gran hombre, siempre hay una gran mujer que lo acompaña. En el caso de Luis Candelas, no hubo una, sino tres mujeres. Se casó en los carnavales de 1827 en la Parroquia de San Cayetano, con Manuela Sánchez, viuda de 23 años pero la abandonó al año siguiente por no congeniar. Más tarde tuvo como amante a Lola La Naranjera, con amigos importantes en las altas esfera que facilitaban la salida de la cárcel a Candelas tan pronto como entraba en ella. Clara, la última mujer que le marcó, era una muchacha de clase media y familia honesta, con la que se fue a vivir a Valencia donde siguió robando alguna joya para vivir holgadamente.

En sus últimos años de vida cometió el error de hacer dos atracos importantes, asaltando a la modista de la Reina en su taller, y al embajador de Francia y su señora en una diligencia.  Estos hechos volvieron a ponerle en la mirilla de la justicia. Huyó con Clara hacia Inglaterra, pero cuando llegaron a Gijón, Clara no estuvo dispuesta a partir, con lo que decidieron volver a Madrid, siendo detenido el 18 de julio de 1837 en el puesto de aduanas del puente Mediana situado en el camino real de Valladolid a Toledo, en el término municipal de Alcazarén, después de pernoctar en esta población, en la posada situada en la calle Real esquina con la calle Luis Candelas (frente a la iglesia de San Pedro).

Lo llevaron a Valdestillas y, luego, a Valladolid. Trasladado a Madrid, acusado por más de 40 robos constatados, fue juzgado el 2 de noviembre, siendo condenado a morir por garrote vil. Pidió clemencia a María Cristina de Borbón, pero le fue denegada. Murió el 6 de noviembre de 1837 con 33 años. Se le ha adjudicado, cuando estaba al pie del garrote, la frase: «¡Adiós Patria mía, sé feliz!».

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