El Tuerto de Pirón

El encapotado cielo no hacía presagiar nada bueno. Fernando Delgado lo sabía bien. No es que fuese hombre supersticioso, no cuando tu supervivencia depende solo de tu voluntad por vivir. No, no era eso. Era un sentimiento extraño pero que nunca le había fallado. Cuando se aproximaban problemas notaba un pinchazo, como un cuchillo perforándole las entrañas, una caricia perversa.

Y aquella mañana volvió a aparecer. A lo lejos, entre el velo de niebla y las yermas colinas, fantasmales cencerros repicaban, monótonos y seguros, como el paso del tiempo. Fernando escudriñó una vez más el horizonte, buscando esos machacantes sonidos. Aquellos cencerros significaban que había un pastor cerca. Un pastor pobre, con una vida miserable, que podría delatarlo con la esperanza de una suculenta recompensa. O también podría esperar a que se alejase. Quizá solo estaba de paso.

De pronto, salida de la nada, una figura negra comenzó a dibujarse sobre el fondo grisáceo de las montañas. La figura le hizo un ademán con la mano. Le había reconocido. Se acercaba a grandes pasos y las ovejas se apartaban con torpes saltos. Fernando agudizó la vista, tratando de reconocer al hombre. Y de pronto lo hizo. Era Ricardo. Ricardo… solía jugar con el de niño a cazar lagartijas y disparar a los pájaros con la escopeta de su padre. Siempre se llevaron bien de niños y cuando crecieron siguieron manteniendo el contacto pero hacía muchos años que ya Fernando había abandonado la aldea y no estaba seguro de lo que pretendía Ricardo. Si le capturaba podría dejar atrás esa vida errante y solitaria. Había mucho que ganar y poco que perder.

El-Tuerto-le-cortó-la-cabeza-al-Madrileño-por-Susana-Saura

Represetación pictórica del Tuerto Pirón.

Ricardo se plantó a 1 metro escaso de Fernando y le miro directamente a los ojos con una media sonrisa que Fernando no supo interpretar.

-Fernando.

-¿Cómo te va Ricardo?- Mientras hacía un gesto de cabeza hacía el rebaño que pastaba colina abajo.

-Como siempre, ya sabes, vida dura y miserable. No como a ti, que arramplas con todo lo que te propones.

Al decir estas palabras Fernando notó como un fugaz velo de codicia asomaba en los ojos del pastor

-No me puedo quejar- Dijo tras un bufido.

Se mantuvieron la mirada durante unos largos segundos en los que Fernando notó inquietud en el rostro de Ricardo, como si quisiera hacer o decir algo pero tuviese miedo de las consecuencias.

-Uno ya es viejo Fernando, y no está para correrías como cuando éramos niños, pero si pudiera juro por Dios que te mataba aquí mismo, con mis propias manos. Pero no lo voy a hacer. Poco cambiaría que ahora tuviese dineros. Ya no podría disfrutarlo, me siento viejo y sin fuerzas.

Fernando sonrió al ver la impotencia de su antiguo amigo. Aquello era más gratificante que todo el botín que habían reunido él y sus hombres. Saber que su figura provocaba esos sentimientos en las personas le hacía sentirse poderoso. E invencible.

-No serías el primero Ricardo… ¿Recuerdas la cabeza que encontraron sobre una tapia? Lo mismo que me acabas de decir a mi quería hacerme ese zagal y ya ves como acabo. Puede que me echen el guante, pero jamás podrán capturarme, pues esto -e hizo un amplio ademán con la mano para abarcar la vastedad de la sierra y del mundo- es mi mundo.

Iglesia Santo Domingo

Iglesia de Santo Domingo de Pirón, donde fue bautizado Fernando Delgado.

Lo cierto es que, finalmente, le capturaron y Fernando Delgado fue condenado a cadena perpetua por la Audiencia de Madrid en 1888. Aventurero y libre para unos, cruel y despiadado para otros, Fernando cometió su primera fechoría con 20 años, al regresar de la mili, en 1846. Se encontró con que su novia de siempre se había casado con otro y, para dejar en ridículo al padre de esta, le robó un carnero que compartió con los mozos del pueblo. Pueblo, Santo Domingo de Pirón, hoy casi olvidado pero que por aquellos años, inspiraba temor y respeto, puesto que ahí había nacido y se había criado Fernando.

Hijo de Ramón Delgado y Ana Sanz, Fernando vivió una infancia humilde, dando muestra ya de su gran audacia y habilidades, cualidades que le acompañaron para siempre, ayudándole a cometer sus crímenes y a escapar de la justicia. Una justicia a la que le resultó casi imposible atrapar al escurridizo Tuerto de Pirón. Pero, al final, como todo en esta vida, cayó y fue atrapado una noche de invierno de 1883, gracias a la locuacidad de unas huellas impresas en la nieve, que le costaron a Fernando la libertad. Es de suponer que Fernando pasó los 5 años que siguieron hasta su definitiva condena en una celda con carácter preventivo de Madrid, mientras la justicia le acribillaba a declaraciones, atestados, oficios, etc.

Fue condenado por múltiples delitos aunque solo uno de ellos fue homicidio. Contaba Fernando con una banda de hombres igual de aviesos, desesperados y ambiciosos que él, o quizá más. Uno de ellos, apodado el Madrileño, pues había nacido en la corte, comenzó a difundir comprometedoras revelaciones sobre las andanzas de la banda y del Tuerto. Fernando no dudó un instante y pasó a la acción. Solo había una cosa que el Tuerto no perdonaba, y era la traición. Ese mismo día, caída la tarde, en la denominada fuente del pesebre, entre Espirdo y Torrecaballeros, Fernando se abalanzo sobre el Madrileño y lo cosió a navajazos. Escasos minutos después pasó por allí el carruaje de don Domingo Fernández, personalidad muy importante en la Segovia de la época. Iba acompañado de un criado. Al pasar el carruaje cerca de la fuente, distinguieron un cadáver tirado sobre el agreste suelo. Impresionados por la visión, fueron corriendo a avisar a las autoridades pero, cundo estas acudieron al lugar el cadáver había desparecido. Inspeccionaron a conciencia la zona y, de pronto, sobre el bardal de una tapia, unos ojos glaucos y opacos clavaron su muerta mirada sobre ellos. Era la cabeza de el Madrileño, que reposaba separada del tronco con un corte apresurado y desigual, con un gesto de horror en el lívido rostro. El resto del cadáver se hallaba a escasos metros de la tapia, completamente ensangrentado.

Pasó por varios penales la Modelo madrileña, Ceuta y San Miguel de los Reyes (Valencia) siempre mostrando buena conducta con la esperanza de un indulto que le llevase de nuevo a la libertad. Pero nunca llegó y Fernando Delgado murió amargado y claustrofóbico en 1914.

Tenía 68 años.

Hubo muchos romances que narraron la vida de Fernando Delgado. Dejo aquí uno de ellos:

En la provincia Segovia
zona del Pirón serrana,
en el siglo XIX
nació una fiera inhumana.
Por sus malas fechorías,
de certera navajada,
perdió un ojo; desde entonces,
Tuerto del Pirón le llaman.
Es un cruel bandolero,
amigo de hacer lobadas,
que no respeta principios,
ni de reyes ni de papas.
Parche negro en un ojo,
empuñando una navaja,
cabalga de pueblo en pueblo
con la jeta avinagrada.
No hay huerta que no visite,
ni cordero en la majada
que permanezca seguro
si el tuerto por allí pasa.
Cuando lo ven a lo lejos
se santiguan las beatas;
los que no quieren trifulcas
se cierran dentro de casa.
De la iglesia de Tenzuela,
que de noche descerraja,
hace botín de copones
y patenas consagradas.
Una mañana en Collado
a la diligencia asalta,
desvalija a los viajeros
y al conductor lo remata.
Todos los robos y muertes,
los asaltos y emboscadas
que en el Pirón se suceden,
llevan su huella macabra.
La guardia civil persigue
su rastro por las cañadas
y en las guaridas del monte
donde el tuerto se resguarda.
No ha conocido Segovia
bandolero con más saña,
pero el corazón suspira
por una muy bella dama.
En una noche de nieve
hasta Sotosalbos baja
y escalando una pared
se mete por la ventana.
Ven a mis brazos, querida,
ven a mis brazos, amada,
que vengo helado de frío
a calentarme en tu cama.
Mi cama no está caliente,
dos civiles me acompañan,
sal huyendo si es que puedes;
tu vida no vale nada.
Y al momento un trabucazo
en la habitación estalla;
el tuerto cae malherido
con la pierna reventada.
En hospitales y cárceles
el tuerto los días pasa;
los días que suman años,
más solo que una patata.
Además del parche negro,
la pierna le es amputada
y anda con pata de palo
como si fuera pirata.
Su novia ya se ha casado
con uno de aquellos guardias;
si el tuerto nos salió fiera,
ella salió tricornaria.
Aprendan los malhechores
que sus pasos disparatan
que en la vida los excesos
al final siempre se pagan.
Y aquí termina la historia
de un tuerto de mala fama.
Las aguas del Pirón saben
que es cierto cuanto se narra.

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