El Crimen del Capitán Sánchez

El vaso está casi vacío. Con un vago ademán, Manuel Sánchez ordena al tabernero que lo llene de nuevo. Este, un hombre con espesa barba y cara de pocos amigos, le mira con gesto hosco.

-¡Es que no me has oído! ¡Llénamelo!

Pocos son los parroquianos que acompañan a Manuel Sánchez a esas horas de la noche. El tabernero le llena el vaso. Los demás no han perdido detalle de la escena. No es la primera vez que lo ven por ahí y tampoco es la primera vez que arma jaleo. Manuel Sánchez paseaba su orgullo herido cada noche en una taberna distinta, aunque su fanfarronería era bien conocida en todos los tugurios de Madrid. Y esa noche le había tocado este. Al verlo entrar, Pedro, el tabernero, emitió un leve gruñido, de bestia cansada y vieja. Y ahora lo tiene frente a él, una vez más, buscando jarana.

-Si te pido que me lo llenes, me lo llenas. ¿Me oyes?

Pedro le fulmina con la mirada, pero no dice nada. Ya sabe cómo hay que tratarle, aunque le repatee por dentro. No quiere que se arme una bronca y la policía aparezca allí y le busque más problemas. Ya tiene bastantes con alimentar a sus 5 hijos, que parecía que habían nacido para chuparle la sangre.

Un hombre pasa por detrás de Manuel y le roza sin querer. El hombre sigue su camino pero Manuel se da media vuelta y se le encara.

– ¿Qué andas hurgándome por detrás? ¡Ladrón!

Sus manos llenas de sangre son lo siguiente que alcanza a ver el hombre. Manuel le ha roto la nariz y aquel, retorciéndose de dolor no es capaz de articular palabra o movimiento. Los parroquianos que parecían estatuas hace unos instantes se levantan de sus asientos y se lían a golpes con Manuel y el hombre de la nariz rota.  Este último ahoga un grito de dolor. No sabe cómo ni porqué, pero de improviso siente una gran punzada en el costado derecho. Levanta la vista y lo que ve le aterra. Manuel le mira con los ojos desorbitados, cegados por la rabia y el odio. Su boca está torcida en imposible gesto y sus manos sujetan fuertemente el cuchillo que hunde en su costado.

Aprovechando la trifulca, Manuel se desliza por la puerta hacia la calle, dejando al hombre ensangrentado, sin aire, sintiendo como se le escapa la vida mientras se desploma sobre el mugriento suelo de la taberna. El seco golpe que provoca su caída, pues era hombre de grueso físico, saca de la vorágine de violencia en que estaban sumergidos los demás parroquianos, como hechizados. Al punto tratan de socorrerle, rompiéndole las ropas y trayendo un poco de licor, pero los ojos del hombre ya miran sin vida.

Manuel camina con paso automático, sin rumbo, por las desoladas calles del Madrid nocturno. Aún sostiene el cuchillo, lleno de sangre. Su rostro no muestra emoción alguna pero en su cabeza mil pensamientos distintos están en plena efervescencia. Advierte que el cuchillo aún sigue en su mano y como accionado por una corriente eléctrica lo arroja tras una gran tapia. Con suerte tardarán el tiempo necesario para que Manuel desaparezca.

Es una noche fría, y Manuel se arrebuja en su raído abrigo y desaparece por una de las callejuelas que aparecen a su derecha.

 

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Manuel Sánchez López, Capitán del ejército español.

Esta escena (novelada, ficticia y sin asesinato, por supuesto) es una de las muchas de índole similar que protagonizó Manuel López Sánchez, según la prensa y los testimonios de la época, en las tabernas del Madrid de principios del siglo XX.

Manuel había llegado a ser capitán del ejército en la Galicia de finales del XIX, y esa fue su única y mayor aspiración en toda su vida, aunque, en realidad, ni siquiera llegó a serlo del todo. Hombre de carácter egoísta, vil y embrutecido frecuentaba con asiduidad burdeles, malas compañías y casas de juego clandestinas. Más tarde, sería apartado de grandes responsabilidades en el ejército. Se casó con Luisa Noguerol, una rotunda mujer gallega cuyo mayor amor no era Manuel, si no la botella. Parió 7 hijos, que le trajeron muchos disgustos y finalmente huyó de su marido, de sus hijos y de la perra vida que le tocó vivir al otro lado del atlántico.

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Rodrigo Jalón, el desafortunado pretendiente.

Manuel nunca pudo admitir  que su mujer lo había abandonado, incluso después de haberse trasladado a Madrid. Como el relato de arriba narra, solía vérsele en una taberna distinta cada noche, asegurando que la ausencia de su mujer era debido a que él mismo la había asesinado. De ser cierto a nadie le habría extrañado pues Manuel era un hombre de carácter hosco y endemoniado, siempre dispuesto a buscar bronca con desconocidos. Sus hijos habían tomado el ejemplo del padre, pues siempre iban llenos de moretones.

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Luisa Noguerol, hija de Manuel Sánchez López.

De sus 7 hijos, la única que desentonaba era Luisa, culta y la más mayor de entre sus hermanos. Más tarde sería cómplice en el asesinato que perpetuó su padre. Por las noches, Manuel se metía en su cama, acto que venía haciendo desde que Luisa era mujer a efectos biológicos, que no legales. Y precisamente debido a esta dependencia legal, nunca pudo Luisa escapar del hogar paterno, por mucho que lo intentó.

1913, Luisa acaba de cumplir veinte años y ha cambiado su melena castaña por un rubio dorado como el sol. Conoce a Rodrigo García Jalón, un viudo cincuentón bien situado que se pasó meses insistiendo en intimar con ella. Manuel, que no sólo no se enfada, si no que celebra tan propicia relación, pues ve la oportunidad de hacer desaparecer de un plumazo todas sus penalidades y miserias, anima a su hija a que mantenga relaciones con el señor Jalón. Y, por si su beneplácito fuese poca cosa, se ofrece a poner cama y casaManuel ya se frota las manos, mientras el ricohombre goza de la muchacha, él puede robarle la cartera o, incluso, esperar a la salida del cuarto, fingirse padre deshonrado y obligar a Jalón a pagarle un dinero mensual para tapar el escándalo.

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Descubrimiento de los restos de Rodrigo Jalón el 25 de abril de 1913. Fotografía de Ramón Alba para el diario ABC. Propiedad del diario ABC.

Pero la psique humana es impredecible y Manuel, en un rapto repentino y salvaje, propiciado quizá por la codicia o los celos, se abalanza sobre Rodrigo, sin mediar palabra, olvidando ya el teatrillo planeado, y lo despacha de dos contundentes martillazos en la cabeza, en mitad del pasillo de la vivienda.

Es 24 de abril de 1913 y Manuel Sánchez acaba de sellar el destino de su hija y de él mismo.

Y como el destino ya estaba sellado no iban a poder cambiarlo, ni siquiera cuando, con el cadáver sobre el suelo, lleno de sangre, lo llevaron a la cocina e intentaron descuartizarlo, tirando parte de sus restos al retrete (con obstrucción incluida), ni tampoco cuando decidieron quemarlo (provocando un olor tan desagradable que no se iba si cuando echaron sobre los restos una botella de aceite y de petróleo) ni mucho menos cuando, desesperados, lo emparedaron.

Ya se las prometían felices Manuel y Luisa, pues parecía todo resuelto pero, semanas después, los albañiles que trabajaban en la casa para arreglar la obstrucción del retrete se encontraron en las tuberías trozos de carne que, aunque un nerviosísimo Manuel juraba y perjuraba que eran un par de conejos echados a perder, no bastaron para impedir que los obreros avisaran a la policía de inmediato.

Al llegar los agentes, un día de finales de mayo, lo primero que se encontraron fue un cuarto vacío, con desconchones aleatorios repartidos por toda la pared y una gran lámpara que tapaba las manchas de lo que había sido el descuartizamiento de algo mucho más grande que unos conejos. Indagando un poco más en el inmueble dieron con los restos, ya esqueletizados, de Jalón, ocultos tras un tabique que había sido creado expresamente para alojar los restos del hacendado.

No había lugar a equívocos, Manuel y Luisa eran culpables. El capitán fue condenado a muerte por fusilamiento, evitando así el garrote vil por ser militar de rango. El 3 de noviembre de 1913 los fusiles abrieron fuego extinguiendo la vida para siempre de Manuel Sánchez.

Por su parte Luisa fue objeto de interés de varias redacciones de la capital que se interesaron por su testimonio, mientras su padre era llevado al paredón, hasta que fue ingresada en una cárcel de mujeres de por vida. Como siempre ocurre con un suceso escabroso, el morbo propició que la prensa siguiera su caso los primeros días que Luisa pasó en prisión, haciendo hincapié en su buena conducta.

Se olvidaron de ella, como suele suceder, a los pocos días.

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