El Tren de la Fresa

Apenas pude concentrarme en el pequeño cuaderno que sostenía en mis manos. Es de cuero marrón, con cierre de correa sobre un círculo de reluciente latón. Recuerdo pasar mil y una veces por el escaparate que lo contenía. Me prometí a mí mismo que algún día la compraría y sería el símbolo de mi comienzo profesional como periodista. El día que gané mí primer sueldo entré en la tienda y me hice con ella. Y aquí estoy ahora, a bordo de este tren, con los ojos fijos en sus páginas en blanco, incapaz de escribir una sola palabra.

Mi periódico me había encomendado la “importantísima y muy seria” misión, en palabras de mi jefe, Don Leopoldo Martínez de Ledesma, de cubrir el viaje inaugural de la línea de ferrocarril que une Madrid con Aranjuez. Cuando me lo dijo debí poner la misma cara que pone un hombre al hablar por primera vez con su enamorada. Nunca había viajado en ferrocarril y la idea me atraía, y mucho. Sentado en mi asiento, sentía el movimiento de aquel gigante de hierro. Mi buen humor y mi templanza pronto comenzaron a desvanecerse. Aquel cacharro iba endemoniadamente deprisa. A cada metro que recorríamos no podía evitar hacerme la pregunta de ¿Y si ahora nos estrellamos? Algo bastante estúpido, ya que no podría hacer nada por evitarlo. Me hallaba sumergido en un continuo estado de miedo y asombro. Tan pronto alababa las glorias de la técnica y el progreso como maldecía mi audacia al embarcarme en ese cacharro infernal.

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Puente de Aranjuez, grabado del año 1851.

Mirando a través de la ventana, la vida pasaba ante mis ojos como si pasase las páginas de un álbum fotográfico. Campesinos, guadaña en mano, segando los campos con pausado ritmo, pastores y mastines conduciendo a sus rebaños por pedregosos caminos, carros tirados por burros de escuálidas patas. En cada una de estas personas se dibujaba el rostro de la resignación, del trabajo como salvación y yugo al mismo tiempo. Una vida llena de miserias y penalidades. Una vida que parece más un castigo que una bendición.

Contemplar la vida en su estado más crudo aplacó mi estado de nervios. Estaba sentado sobre el progreso y desde luego no se parecía en nada a lo que acaba de ver. Así que me acomodé en mi asiento y me dispuse a escribir mis experiencias sobre el invento que revolucionará nuestro país. Y aquí me hallo ahora, en un café próximo a la estación de Aranjuez, degustando un delicioso café, mientras pongo en orden todos los pensamientos y sensaciones viajar en este caballo de hierro.

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Tren de la Fresa, con la ex MZA 1701, foto : Antonio G. Portas.

El 9 de febrero de 1851 los campos que separan Madrid de Aranjuez temblaron ante el empuje del ferrocarril. La nueva línea era la segunda construída en suelo peninsular, tras la de Barcelona-Mataró de 1848, pero era la tercera en suelo español, pues el 10 de Noviembre de 1837 se había inaugurado la línea que unía Güines con La Habana.

Todo vino de la mente y el empuje de El Marqués de Pontejos, quien presentó un proyecto de camino de hierro que, bajo el patrocinio del Marqués de Salamanca, fue finalmente inaugurado por la reina Isabel II. La propia Isabel cedió gustosamente terrenos de su propiedad, al oeste del Palacio Real, para la entrada del ferrocarril en Aranjuez. La estación de término de la línea, hoy ya desaparecida, se construyó frente a la fachada occidental del Palacio Real de Aranjuez. 

¿Y de dónde viene el nombre de tren de la fresa? Un invento como el ferrocarril cambió por completo el modo de viajar y de transportar mercancías. Hasta ese momento había que viajar  en incómodos coches tirados por caballos. Eso las personas adineradas, los campesinos y gente pobre tenían que hacerlo caminando o en carro tirados por burros o mulas. Lo mismo ocurría las mercancías. El ferrocarril permitió el rápido transporte de todo tipo de productos y materias primas. Madrid estaba rodeada de campos salpicados de huertas y tierras de cultivo llenos de productos de la tierra. Uno de estos productos era la fresa, estrella absoluta de Aranjuez y que tenía gran demanda en la capital, por lo que el tren transportaba al día ingentes cantidades de esta fruta. Y de este modo, el Tren tomó su nombre con el que todos lo conocemos.

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