La Quinta del Sordo

El viento agita con fuerza los postigos de las ventanas. De la puerta principal, agudos silbidos inundan la estancia, como si el viento protestara por no poder atravesar las paredes de yeso. Es noche cerrada y la escasa luz de la luna que se cuela por entre las ventanas baña la sala con un halo fantasmal. Los rescoldos del hogar aún crepitan en la silenciosa noche. Tirados por el suelo, aquí y allá, bocetos de figuras humanas, sobre papel blanco, cubren las viejas y podridas láminas de madera. Chirrían con penetrante sonido, cómplices del viento en su protesta.

Quinta_del_Sordo_1900

La Quinta del Sordo,  1905. Fotografía publicada en la revista La Ilustración Española y Americana.

De pronto, una leve claridad ambarina pugna con la fantasmal luz de la luna por abrirse camino en la estancia. A la luz de esta claridad, las formas se confunden y se transforman, marionetas de su voluntad. Una figura se delimita, como si hubiese brotado de pronto de la luz y de las sombras, frente a una de las paredes. Porta un candil, que deja torpemente y con gran esfuerzo en el suelo. Está descalzo, y sus viejas y deformes piernas semejan patas de carnero. A pesar del acuciante frío, solo cubre su encorvada espalda con un gabán desgastado por el uso y el tiempo. En uno de los bolsillos sobresalen pinceles y en el otro, una paleta de pintor. Apenas hace movimiento alguno, fijos sus ojos en un punto que solamente él es capaz de ver. Súbitamente, como empujado por una corriente eléctrica, coge el candil y, poco a poco, casi con miedo, lo acerca a la pared. Negras figuras empiezan a perfilarse, pintadas en la pared. Hacinados los unos con los otros, forman un corro de extraños rostros de negras frentes y oscura tez. Sus gestos denotan asombro, congoja, miedo… Todos miran fijamente un punto, un punto que tiene toda su atención. A la derecha, sentada en una silla de madera, se erige una mujer, cruzada de brazos, cubierta con negras ropas. Su rostro no tiene ojos y solo se atisban ligeramente perfiladas, la nariz y la boca. La figura mueve violentamente el candil hacía el centro de la pintura. En él, lo que parece ser un niño, se encuentra sentado en el suelo, cubierto con una capa azul claro. Parece dormido, pero no es un sueño apacible, más bien parece un sueño turbador. La luz del candil vuelve a moverse, a otro extremo de donde está la mujer de negras ropas. Una mancha negra, muy grande, capta la atención del hombre. Se detiene en ella y la recorre con la luz, como si quisiera cerciorarse de que es real. Su mano recorre los trazos del dibujo. El viento sigue soplando con fuerza y la contemplación de esa pintura reforzada con el penetrante sonido crea una visión sobrecogedora.

El hombre torna de súbito la cabeza. Algo le ha hecho salir de su ensoñación. Vemos su cara por primera vez. Una cara surcada por profundas arrugas que generan marcadas sombras al ser bañadas por la luz. Los negros ojos de Francisco de Goya y Lucientes escudriñan inquisitivamente la estancia. Sobre la pared frente a él, una mancha negra, similar a la que contemplaba hace unos instantes, se perfila, difusa. Podía parecer una sombra más, pero posee algo que las distingue del resto. La sombra se mueve. No obedece a la voluntad de la luz arrojada por el candil, es como si estuviera viva. El hombre permanece de pie, mirándola fijamente, y por sus ojos pasa una ráfaga de turbación.

-Continúa.

Una voz profunda, rotunda, grave, salida de lo más profundo de las entrañas de la tierra, pero apenas audible, pues es un susurro, casi como una broma de la mente o del diablo, envuelve la casa entera. Goya asiente levemente, sus manos y rostro contraídos por el miedo.

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El Aquelarre, en su versión de óleo sobre lienzo.

Dáse la vuelta de nuevo e, impertérrita, frente a él, se erige la enigmática pintura. Al mirarla, Goya contrae ligeramente el ceño, como si hubiera esperado encontrarse la pared vacía. Una mala pasada de su mente. Pero no, la pintura sigue ahí, desafiándole. Agarra, preso de una fuerte agitación, los pinceles y la paleta y comienza a pintar. Al principio trazos rápidos e inconexos hasta que, poco a poco, sus aspavientos se calman. Ahora sus movimientos son más pausados, como si gozase de un momento de lucidez y quisiera hacer el mayor progreso posible antes de que desaparezca. Con cada nuevo trazo la mancha negra va tomando forma. Cuerpo grueso, piernas que no son piernas, si no patas de carnero, una cabeza grande coronada con cuernos y una barba de chivo que le cuelga de la barbilla. Aquello no es humano, es La Bestia. El macho cabrío, símbolo de Satanás. Francisco para de pintar bruscamente, como accionado por un resorte y contempla su obra. El Aquelarre. La adoración al diablo.

De sus huesudas manos, los pinceles y la paleta caen al suelo, creando un fuerte estrépito. De nuevo, el hombre torna su cuerpo, buscando la mancha negra. Ahí sigue, mudo testigo de todo lo acontecido. Esta vez no hay voz, ni siquiera un leve susurro.

Nada.

Permanece allí, turbadora, consciente de que tiene a su merced a ese hombre que, de pie, espera sus órdenes. Hombre y sombra se sostienen la mirada. El viento no cesa en su protesta, y parece que se intensifica a cada instante.

-¡Qué quieres ahora de mi! ¡Dime!

No hay respuesta, solo el viento que silba a través de los postigos de la puerta. La mancha se desvanece, y en ese mismo instante, un trueno rasga con su rugido el firmamento. Goya se dirige hasta donde hace unos instantes estaba la sombra. Se da la vuelta y contempla su obra. Ve esos hombres y mujeres, de rostros y cuerpos deformes, de perdida mirada unos, de pavor otros. Sentados en torno a Él, en sacrílego Aquelarre. A la luz del candil, su mente juega con las figuras pintadas en la pared. Juega con ellas, hace que cobren vida, danzando al son de La Bestia y a cada nuevo paso, las figuras negras clavan sus ojos en los de Goya. Sus negras pupilas son esclavas de lo que ve, como si una fuerza invisible le obligase a mirar, asqueado y fascinado al mismo tiempo. Cae de rodillas, incapaz de soportar la visión por más tiempo. Un potente relámpago ilumina repentinamente la casa. Las sombras que arroja son si cabe más perturbadoras. Todo se intensifica bajo su luz.

Goya permanece de rodillas, derrotado. Detrás de él, las maderas del suelo chirrían con un patrón muy preciso. Goya levanta la cabeza. Son pasos, alguien se acerca a él. No son pasos de premura o nerviosismo, no. Son pasos decididos, inexorables como el tiempo. Lentamente caen el suelo y, con cada pisada, el chirrido de la madera se intensifica. Goya está petrificado. No hace gesto alguno, pensando, infeliz, que si se queda quieto todo pasará como una pesadilla que se esfuma al despertar. Los pasos cesan y Goya siente una presencia a su espalda. El pintor no mueve un músculo, aguardando el siguiente movimiento. Sus ojos siguen fijos en la pintura frente a él, como si en ella existiera una respuesta.

Una mano negra y viscosa se posa lentamente sobre la cabeza de Francisco de Goya. Al sentir el frío tacto del mal, el pintor se estremece, su gesto se tuerce y todo él es preso de una fuerte impresión. La Bestia hace presión sobre la cabeza y obliga a Goya a mirar su obra.

-Mira bien lo que has hecho…

Y Francisco de Goya, contraído el gesto, mira y mira y mira…

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Francisco de Goya, retratado por Vicente López, 1826.

No sabemos si el diablo se le apareció a Francisco de Goya en su casa de La Quinta del Sordo, y mucho menos si El Aquelarre fue un encargo diabólico, pero lo que sí sabemos es que allí, apartado de la sociedad y del mundo, creó una de las obras pictóricas más perturbadoras de su genio e, incluso, de la historia del arte universal. Las llamadas Pinturas Negras fueron pintadas  sobre los muros de esta casa, usando la técnica óleo al secco, consistente en pintar sobre paredes previamente recubiertas de yeso.

En 1819, Goya adquiere la propiedad, la cual compra a Pedro Marcelino Blanco, sordo por aquel entonces y del que la finca toma su nombre. Buscaba Goya alejarse de la totalitaria corte de Fernando VII, siendo él un liberal convencido o, como apuntan otros, el hecho de su convivencia con Leocadia Zorrilla Weiss, madre de Rosario Weiss, de quienes se decía que eran amante e hija del pintor respectivamente, aunque oficialmente eran su ama de llaves y su ahijada.

Sea como fuere, Goya permaneció viviendo allí hasta 1823, año en que se ve obligado a exiliarse a Burdeos, de donde ya no regresaría, muriendo en la ciudad francesa en 1828.

La Quinta del Sordo estaba situada en los terreros que hoy delimitan las calles Caramuel y  Juan Tornero, en el distrito de La Latina. En la época en la que Goya vivía allí, la zona era un paraje natural de huertas y casas de campo aisladas.

Por aquel entonces Goya ya era un hombre anciano, muy anciano para los estándares de la época, pues contaba ya con 73 años. La historia que abre este artículo, proviene de su sabida naturaleza huraña. Las gentes del lugar murmullaban que en esa casa pasaban cosas muy raras. Que el señor estaba poseído por el demonio y que había fantasmas. Y suponemos que el hecho de encontrar semejantes pinturas en las paredes, contribuiría enormemente a la difusión de esas ideas.

La Quinta del Sordo fue demolida en 1909, perdiéndose las pinturas en su forma original para siempre. Lo que podemos ver hoy en día en el Museo del Prado son reproducciones al óleo sobre lienzo, realizadas por Salvador Martínez Cubells a partir de las fotografías tomadas a las pinturas originales por Jean Laurent en 1874.

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