La Ronda del Pecado Mortal

Una masa negra, etérea y sólida al mismo tiempo, apenas perfilada por la luz de las antorchas que porta, avanza como una horda de pestilencia por las calles del centro de Madrid. La luz arroja detalles a la inmensa negrura. Un rápido vistazo nos desvela su identidad. Son hombres, hombres encapuchados patrullando de la noche. Sus pasos perturban la quietud de la noche. Son como una ráfaga de viento, fugaz e inesperada, pero capaz de tumbar un árbol con su fuerza. Apenas un murmullo perceptible al principio y, de pronto, como un relámpago efímero, el murmullo se torna estruendo, silenciando al propio silencio. Su inmediatez es sobrecogedora.

Sus negras capuchas solo dejan ver sus ojos, unos ojos que brillan y cambian, como si esa misma luz que los ilumina dictase su comportamiento. Las pocas personas que habitan las calles a esas intempestivas horas son víctimas del acoso de La Ronda del Pecado Mortal, como así se hacen llamar. Putas y clientes, borrachos, contrabandistas y tahúres son presa de su fanatismo. Al grito de ¡pecadores! empujan, humillan, golpean a todos cuanto se oponen a su divina misión. Son lobos sedientos de sangre. Una prostituta, que se hallaba oculta entre una multitud, les planta cara, acercándose a ellos, zalamera. Sus compañeros la miran atónitos. ¡Está loca!, murmullan. Los encapuchados se detienen, observándola, sus ojos fijos en sus curvas. Flamean a la luz del fuego, llenos de lujuria. Ellos, paladines de la lucha contra el pecado, sucumben a las delicias de la carne. ¿Os gusta lo que veis? Pregunta la puta, pero el relámpago de lujuria hace tiempo que se ha borrado de los ojos de los encapuchados. Ha cambiado. Ahora es rabia y odio. La prostituta apenas tiene tiempo para reaccionar. Con violencia salvaje la agarran del pelo y la tiran al suelo. Rompen parte de su vestido, dejando sus pechos al aire. Nadie hace nada por ella. Sus compañeros la dan la espalda, como alguien que ha caído en el olvido. Los gritos de dolor y desesperación es lo único que se escucha en la quietud de la noche. Poco a poco, van cesando, al igual que las acometidas de los verdugos. No se oye nada más que el crepitar de las antorchas. Los encapuchados se hacen a un lado y allí está ella, desfigurada, ensangrentada, inerte como un juguete roto, tirada en el frio suelo como un perro. Nadie mueve un músculo, ni sus compañeras, ni los clientes, nadie. Los encapuchados se van como han venido, rápidos como el viento.

 

Sobre el pavimento, inmóvil, una mueca de incredulidad recorre su rostro, yace el cuerpo sin vida de la mujer. Sus ojos son como dos esferas opacas. A su alrededor, poco a poco, se va formando un corro de personas. Temerosas al principio, como si lo que acaban de presenciar fuera fruto de una pesadilla que podría volver a repetirse en cualquier momento. La contemplan impávidos, como algo que lleva mucho tiempo allí y no han podido hacer nada por impedirlo. La levantan como si su cuerpo fuese su propio ataúd y, con paso lento pero seguro, cual procesión de almas errantes, abandonan la calle. De lo que allí ha ocurrido solo quedan los restos de sangre sobre la calle adoquinada.

recogidas

La Ronda del Pecado Mortal era una banda de encapuchados que salían por la noche con la misión de asustar y escarmentar a los pecadores de Madrid. La Ronda data de 1733 y oficialmente se llamaba Santa y Real Hermandad de María Santísima de la Esperanza y Santo Celo por la salvación de las almas, un nombre ciertamente rimbombante, que no caló en el pueblo llano que lo llamó simplemente La Ronda del Pecado Mortal. Principalmente se dedicaban a predicar con lo pérfido que eran los vicios de la carne y, como es lógico, su mayor público eran las prostitutas. Ante el pavor de ver a los encapuchados dirigirse a ellas muy serios y seguros entonando cantos lúgubres, alguna que otra les haría caso y abandonaría la mala vida. Si este era el caso, los encapuchados la encaminaban a la Real Casa de Santa María Magdalena de la Penitencia a la que la gente de a pie llamaba. Allí las daban de comer, de vestir y las instaban a profesar el arrepentimiento y la virtud, dejándolas ya listas para o bien casarse, o bien tomar los votos y casarse también, pero con Dios. La Ronda pervivió aproximadamente hasta 1842 y hay quien dice que dejo de existir por la colocación de lámparas de gas en las calles, quitándoles gran parte de su poder de convicción al poder ver que no eran más que unos hombrecillos encapuchados andando con poca gracia y menos velocidad. La forma en la que lo he narrado es del todo exagerada. Lo más que hacían era recorrer las calles de Madrid entonando rezos y plegarias. Iban precedidos de un campanillero que los anunciaba allá por donde pasaban. Aunque quizá sí que hubo episodios de violencia, como todo lo que tenga que ver con los fanatismos.

 

La reforma de la Gran Vía acabó con los edificios donde se hallaba el convento en el lejano 1900. Hoy en día es la sede de UGT.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s