Balaguer, Pavía y Salmerón

De todos los disparates que se han dicho sobre lo ocurrido aquella madrugada en el Congreso, sin duda la que se lleva la palma, es aquella en la que se afirma que el general Pavía irrumpió en el congreso a lomos de su caballo, cual Cid Campeador, enarbolando la bandera de la justicia. Adalid del orden. Campeón de la libertad. ¡Ja! Lo que ocurrió aquella mañana de 3 de enero de 1874 fue algo mucho más prosaico y fui testigo de todo lo ocurrido con vívido detalle, pues fui el hombre que llevo la noticia al general Pavía de que, el hasta entonces presidente del gobierno, Emilio Castelar, y su gobierno, habían dimitido en bloque al conocerse la votación en contra del mismo. Yo, Víctor Balaguer, fui el encargado de llevar el mensaje personalmente a Don Manuel para que procediese con el plan.

Hacía un frío de mil demonios. Ni las dos estufas que tenía en mi despacho lograban aplacar el frío. Los cristales de las ventanas estaban empañados y apenas podía ver nada a través de ellos. El horizonte empezaba a clarear y las luces de los faroles titilaban, como si fueran presas de un miedo repentino, conocedoras de que la aurora se aproximaba. Pronto darían las 6:30 de la mañana y un manto de nieve cubría la capital. Mis hombres estaban nerviosos y, si soy sincero, yo también. Si todo marchaba como la lógica dictaba, y más vale que lo hiciera, ahora mismo Castelar estaría dejando libre la silla de presiente del gobierno. Solo tendrían que informarme de que el gobierno había caído y nos pondríamos en marcha. Tan fácil como eso. Además, había dado instrucciones de que Cristino Martos y el general Serrano se reuniesen en una casa contigua al congreso y allí, esperasen mis órdenes.

Pasados unos minutos llamaron a mi puerta. Llevaba toda la noche esperando aquel sonido. Era el sonido del destino. Me levanté de mi silla de un salto y abrí la puerta. Víctor Balaguer estaba delante de mí, con su gabán cubierto de nieve. Sus ojos reflejaban una expresión de triunfo. Su sola presencia ya bastaba para saber lo ocurrido y se limitó a asentir con la cabeza. Rápidamente reuní a las tropas, dos compañías de infantería, otras dos de la Guardia Civil y una batería de artillería y marchamos sobre las calles de Madrid, rumbo al congreso.

General_Pavia

General Manuel Pavía, Capitán General de Castilla la Nueva. Fotografía antes de 1895.

Entregado el mensaje, me dirigí sin demora al congreso. Quería ver que se andaba cociendo en su interior. Llegué en un coche de punto a los pocos minutos. No hay nada como sacar a relucir la plata para que un cochero se vuelva un temerario. Aún no había nadie en los alrededores. Nadie sospechaba nada. Crucé las ciclópeas puertas de bronce y entré en el hemiciclo. Se estaba procediendo a la votación del hombre que debía sustituir a Castelar al mando del gobierno. No podía quitar los ojos de la puerta. La llegada de los soldados de Pavía era inminente.

Aquello era el colmo. Eran casi las 7 de la mañana y aún no habían votado. Era bien sencillo. Solo tenía que votar a favor o en contra a la elección de Eduardo Palanca Asensi como presidente del gobierno. Todo era un guirigay de gritos, desafíos al aire y caos sin igual. Hubiese dado cualquier cosa porque aquello se calmara y pudiéramos acabar de una vez. De pronto, como si mis deseos hubieran sido escuchados y satisfechos, las puertas se abrieron y entraron dos hombres, dos miembros de la guardia civil. Iban muy tiesos y serios. El silencio sepulcral que había seguido a su entrada fue sustituido rápidamente por un murmullo uniforme conforme avanzaban hacia donde me encontraba. El murmullo estalló en una algarabía de órdago. Al grito de ¡Fuera! Los diputados exhortaban a los dos guardias civiles, que seguían andando, impertérritos. Llegaron al estrado y me extendieron una nota, donde pude leer desaloje el edificio. La orden era bastante clara, tenía a dos guardias civiles frente a mí, y posiblemente a medio ejército esperando en la calle, así que no vi motivo para no hacer lo que se me pedía. Suspendí la votación y declaré que la sesión de cortes se mantendría vigente hasta que no fuera disuelta por la fuerza. Varios diputados pidieron a voz en grito que Pavía fuera declarado fuera de la ley y que fuera sometido a un consejo de guerra. La propuesta fue aceptada fervientemente por José Sánchez Bregua, Ministro de la Guerra. Esperando la irrupción en el hemiciclo de las fuerza de Pavía, pregunté, muy serio, si debíamos dejarnos matar sin abandonar los escaños. No esperaba tan efusivas respuestas, pero lo cierto es que la gran mayoría de diputados estaban conformes con esa propuesta. Bien, parecía que íbamos a morir allí, sentados eso sí, que morir es muy cansado. Nos mirábamos todos muy serios y muy dignos, viendo ya nuestros nombres labrados en oro en el panteón de la Historia. Un fuerte estruendo nos hizo salir de nuestra ensoñación y dirigimos nuestras miradas hacía la puerta. Varios grupos de soldados y guardias civiles venían muy rápidos hacía nosotros. Se oyeron varios disparos y nuestro solemne juramento se vino abajo. Como cerdos huyendo del matadero, los diputados salieron por pies de sus escaños, tonto el último. Algunos incluso se descolgaron por las ventanas para salvar la vida. Oí una pregunta entre tanta locura, creí reconocer al General Pavía Pero señores, ¿Por qué saltar por las ventanas cuando pueden salir por la puerta?». Yo, efectivamente, salí por la puerta.

Nicolas_Salmeron

Nicolás Salmerón, Federico Madrazo. Óleo sobre Lienzo, 1879.

Desde la plaza frente al congreso tenía una visión bastante clara de la situación. Si antes me parecía que hacía un frio endemoniado, ahora pensaba que me iba a congelar allí mismo. No se oía ni un sonido. Todo estaba en calma. Ya había pasado un tiempo prudencial desde que mande mi nota a Salmerón, instándole a que desalojase el edificio. Ordené que una de las compañías de infantería y otra de la guardia civil irrumpiesen en el congreso y disolviesen las cortes. Pasados unos minutos oí varios disparos y la calma que había antes tornóse en fuerte murmullo. Para mi asombro, vi como varios diputados salían por las ventanas, presos del pánico. Avancé un par de pasos y no pude evitar preguntar porque salían por las ventanas pudiendo hacerlo por la puerta. Me miraron horrorizados, aunque por alguno de ellos cruzó un destello de comprensión ante la lógica de mi sugerencia. Vi salir por la puerta a Salmerón. Me dirigió una mirada altiva, de león herido. Aquello no era casual, sin duda había oído mi pregunta y ahora salía orgulloso del congreso. Supongo que sabía que no podía hacer nada y esa era su forma de plantarse ante mí.

Pavía, nada más desalojar el congreso, envió un telegrama a los jefes militares de toda España, pidiéndoles su apoyo al golpe, llamado por don Manuel como mi patriótica misión. En el telegrama, Pavía hablaba en estos términos:

El ministerio de Castelar… iba a ser sustituido por los que basan su política en la desorganización del ejército y en la destrucción de la patria. En nombre, pues, de la salvación del ejército, de la libertad y de la patria he ocupado el congreso convocando a los representantes de todos los partidos, exceptuando los cantonales y los carlistas para que formen un gobierno nacional que salve tan  caros objetivos.

Y de esta manera, acabó la I República Española y, el resto, como se suele decir, es historia.

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