De París a Madrid en automóvil

Nicolás de Peñalver y Zamora, ése es mi nombre y así espero que se dirijan a mí en lo sucesivo. Aunque también, si lo prefieren, pueden llamarme Conde de Peñalver o, simplemente, conde.

Si no fuera porque me considero una persona modesta, diría que soy uno de los hombres más intrépidos que jamás han pisado suelo español. Y no lo digo a la ligera, no señor, lo digo con conocimiento de causa. Pues hacer el trayecto Paris-Irún en uno de esos modernos aparatos llamados automóviles, en un plazo de 5 días, es algo de lo que uno puede sentirse orgulloso. Y aún digo más, pues lo hice completamente solo.

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Placa en honor al Conde, al que se le debe impulsar la construcción de la Gran Vía.

Escribo esto desde Madrid, que era mi destino último. Dirijíame a la capital con motivo de la ceremonia de la que iba a ser protagonista mi hermana. Cambiaría las blancas tocas de novicia por el velo de Madre. De manera que lo dispuse todo para una proeza solo comparable a la circunnavegación del globo Por Juan Sebastián Elcano, si me permiten la osadía. Comprobé la mecánica del automóvil, la presión de los neumáticos y el depósito de gasolina. Era un flamante Clément con motor DE Dion Bouton d0tado con 3 caballos de potencia. Con estudiada solemnidad accioné el mecanismo que ponía el motor en marcha. ¡Ah! Jamás olvidaré ese sonido. Es el sonido del progreso. Calarme las gafas, los guantes y ponerme en movimiento fue todo uno. Eran las 14:00 de la tarde de un espléndido día de invierno, el 9 de Noviembre concretamente cuando me puse en marcha. Saliendo ya de parís, los campesinos con lo que me cruzaba saludábanme con un entusiasmo que me sorprendió.

En lugar de seguir el itinerario más corto y lógico que discurre por Versaltes-Chartres Vendóme, opte por el de Etampes y Orleans, con sus suaves colinas, sus ríos inundado las verdes campiñas y los mil y un detalles que hacía de esa ruta de lo más pintoresca. Llegué a Orleans a las 20:30, habiendo recorrido 125 kilómetros a unos 21 km/hora. Una auténtica proeza sin duda. No cabía en mí de satisfacción y orgullo. Si mantenía este ritmo llegaría a Irún en 5 días, pensé. Hice noche en la ciudad y a las 9:30 del día siguiente me puse de nuevo en camino llegando a Blos, distante 60 kilómetros de Orleans, a las 12:00. Pintoresca y hermosa ciudad Blos. Me dejó una profunda impresión, llena de belleza y serenidad. La ciudad está coronada por un imponente castillo y rodeada de bosques y palacios campestres, entre ellos el famoso de Chambord, cuyo parque murado mide una circunferencia de 37 kilómetros. Si bien yo no necesitaba más que un ligero almuerzo para continuar viaje, tal era mi excitación y grado de entusiasmo, el automóvil no compartía mi estado de ánimo. Llené el depósito de agua y gasolina y engrasé todas y cada una de las piezas a conciencia. Estaba tan engrasado que estoy seguro que era capaz de deslizarse sin más por la calzada, ¡Como un patinador sobre el hielo! Continué el viaje, pasando por Tours y llegando a Poitiers a las 20:25 después de recorridos 219 kilómetros en unas 8 horas y 40 minutos.

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Clément con motor De Dion Bouton. Año 1898. No existe constancia en ningún documento de en que coche viajó el Conde de Peñalver. Me he tomado la licencia de aventurar que fue este modelo, al ser bastante popular en Francia y ser del mismo año en que se realizó el viaje.

Aún quedaba mucho por recorrer, de manera que a la mañana siguiente salí sin demora hacia Ruffee. 4 horas tardamos mi compañero mecánico y yo en recorrer los 64 kilómetros distantes entre Poitieres y Ruffee. Sin apenas detenerme más que para almorzar, como si una fuerza invisible que me empujaba a seguir y seguir, sin descanso, como si tuviese que cumplir un horario y una prueba salí de Ruffee a las 14:20 de la tarde con destino Burdeos. El viaje fue penoso debido a las inumerables cuestas que salpicaban la comarca. Ni de día ni de noche descansaba, llegando a Burdeos en el punto más mágico de la noche, esto es, la medianoche.

Con las fuerzas recuperadas, salí de Burdeos el día 12 a las 15:00, con tiempo lluvioso, siguiendo hasta Facture el camino de Arcachon, y entrando luego en la áspera, interminable y triste carretera general de las Landas, mandada construir y enlosar por Napoleón I, para transporte de tropas y material para la guerra de España. Se hallaba cubierta de barro, dificultando y haciendo penosa la marcha del coche, obligándome a frecuentes detenciones, para limpiar y poner en movimiento el volante de la bomba, constantemente humedecido por los golpes de agua que levantaban en su rápida marcha las ruedas delanteras del automóvil.

Dos días después, tras pasar por Belin y Bayona, entre en territorio español el día 14 de Noviembre a las 12:00. Irún me recibió con los brazos abiertos. Todos los vecinos me vitoreaban a mi llegado a la ciudad. No estaba preparado para tal despliegue de emociones y me sentí muy orgulloso de haber completado el trayecto de 791 kilómetros en un tiempo efectivo de 382 horas a un promedio de 21,2 kilómetros por hora.

Pero aún no había acabado mi aventura. Madrid se hallaba en la distancia, llamándome como una amante preocupada, con su voz melosa y dulce. Tan solo me separaban de ella unos 500 kilómetros. Me tomé ese día para descansar y poner a punto el automóvil para el último tramo de mi hercúlea travesía. A las 9:00 del día siguiente partí con rumbo a Bilbao, con la intención de seguir rumbo sur hacía Burgos. Por cada ciudad y pueblo por el que pasaba se notaba la tensión el ambiente consecuencia de la guerra contra EE.UU. No obstante, las gentes eran amables y me atendieron en todo lo que precise. Hice noche en Burgos y desde allí hasta la capital, solo tuve por compañeros los inmensos e interminables campos de castilla. Verme rodeado por aquel páramo inabarcable me devolvió a la realidad, tras aquellos días de excitada confianza en el poder del ser humano. Por mucho que el hombre empuje y rompa los límites del progreso, siempre será algo insignificante comparado con la fuerza y vastedad de la naturaleza.

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Puerta del Sol, alrededor de 1930.

Llegué a Madrid el 18 a media tarde, habiendo completado la travesía en tres días a una velocidad media de 20 kilómetros por hora. Al entrar a la capital me vi rodeado de tranvías, trolebuses, carros, carretas y coches de caballos, viandante de todo tipo, pero no vi ningún automóvil semejante al mío. No puedo creer que sea el único en toda la capital del estado que posea un automóvil, pero parece que así es.

En fin, voy concluyendo este relato, desde el despacho de mi residencia, con la alegría y el orgullo de haber realizado una de las proezas de mi vida. Jamás nadie podrá arrebatarme esto, se irá conmigo a la tumba.

Madrid, a 20 de Noviembre de 1898.

Nicolás de Peñalver y Zamora fue tres veces alcalde de Madrid y un gran impulsor del automóvil en la capital. A él se le debe, en 1908, la reforma del Reglamento de Circulación de 1903 en el que estableció una velocidad máxima para evitar los atropellos que sufrían los peatones: No más que la de un buen tronco de caballos al trote –10 kilómetros a la hora aproximadamente-, y no más que la del paso de un hombre en las zonas muy concurridas.

Ese mismo reglamento, en su primera versión establece en su primer artículo que la marcha o velocidad de los automóviles que circulan en esta Corte -muy pocos-, ya sean particulares o destinados al servicio público de pasajeros, no excederá de diez kilómetros por hora en los sitios llanos y de poca circulación; esto no obstante, en las calles del interior y paseos, la marcha será reducida a cinco kilómetros…

Cuatros años después, en 1907, el entonces alcalde, Eduardo Dato, mantiene esa norme en los siguientes términos: La velocidad de los automóviles no podrá exceder de diez kilómetros por hora, debiendo detenerse o marchar con lentitud cuando los conductores observen que se produce espanto en las caballerías.

El relato arriba expuesto, no es obra de mi imaginación, al menos no en su totalidad. La travesía desde París a Irún es cierta y puede consultarse en la edición Nº 217 del diario Madrid Científico, a través de la Hemeroteca Nacional. Lo que si absolutamente de mi invención es el viaje desde Irún a Madrid. No hay constancia en ningún documento de que hiciera ese viaje en automóvil. Pero si hay constancia de que debía estar en Madrid el día 19, como da fe el diario La Época, en su edición del jueves 3 de Noviembre de 1898. De manera que si recorrió los 791 kilómetros que separan París de Irún en su propio vehículo, no veo porque no habría de hacer el resto de la travesía hasta Madrid en el mismo medio de transporte.

Sin duda una aventura que debió merecer la pena haberla vivido.

P.D

El Reglamento de la Circulación de 1903:

http://www.carreteros.org/legislaciona/antigua/1900_1924/aut_1900.htm

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