Degustación Decimonónica

Los años pasan. Cambian las costumbres, las gentes, las ciudades, el pensamiento, la moda y hasta nuestra forma de hablar. Pero hay algo que siempre permanecerá, como espantapájaros impávido antes los embates del viento. Y es, ni más ni menos, que el arte del buen comer.

No importa que hayas sido un general romano, un señor feudal, un pobre diablo en la España del Siglo de Oro o un pedigüeño durante el XIX. A todos nos alegra el día, y el estómago, una buena mesa. Y si es en Navidad, tanto mejor.

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Plaza Mayor, alrededor de 1905.

A la hora de comer, las costumbres del siglo XIX han variado poco con respecto a las de ahora. Cierto es que hoy en día la sustancial mejora de la calidad de vida de casi toda la población hace que todo el mundo pueda comer una amplia variedad de manjares, incluso durante todo el año. Pero nuestros aristocráticos antepasados del decimonónico siglo degustaban verdaderas montañas de viandas. Decía un periodista de “Madrid Cómico” del año 1883:

“¡Quién no comía besugo el 24! ¡Quién no tiene pavo el 25! ¡Quién no se atraca de turrón el 26! ¡Quién no tiene una indigestión el 27!”

A la hora de surtirse de alimento, los madrileños acudían a la Plaza Mayor, como toros contra manto rojo. Por todo el recinto había multitud de puestos adornados con vistosas y coloridas banderillas, que hacían las veces de reclamo para los clientes.

Había de turrón de Guijarro, solo apto para recias mandíbulas, el de Jijona, para niños y abuelos, y el de frutas, para todos los públicos. El turrón era la estrella de la Navidad, incluso entre la clase política, como demuestra esta letrilla sacada del periódico semanal Tirabeque de 1870:

“Cualquier hombre sin pasión,
siendo de recto criterio,
que no es de la situación,
y hoy apoya al ministerio
¿Qué es lo que busca? – TURRÓN
El periodista que saca
del presupuesto ración,
dando un cambio a su casaca,
¿no os parece que aquí hay maca?
¿Qué busca? – TURRÓN, TURRÓN
 
Se hace una revolución;
suena el clarín y el cañón;
se toca el himno de Riego.
¿En qué ministerio está el juego?
TURRÓN, TURRÓN y TURRÓN”
Y desperdigados aquí y allá, formando decoradas pirámides, se colocaban las cajas de jaleas, montones de avellanas, nueces, castañas, dátiles, quesos variados, grandes canastas de naranjas, limones, uvas, peras…

turrones

Plaza Mayor, puesto de turrones.

Y por supuesto, no podían faltar los manjares marítimos y cárnicos: Besugos, atún de Laredo, salmón, percebes y todo tipo de marisco procedente de las costas gallegas, cabeza de cerdo, solomillo, jamón de Trevélez y el consabido pavo, gordo o flaco, grande o pequeño, trufado o al natural.

Esto es lo que degustaban las familias pudientes. Para los serenos, limpiabotas, botones, nodrizas, carteros, lavanderas, aguadores y en fin, en una palabra, el pueblo llano, la mesa no lucía tan ostentosa. Longanizas, salchichas y carneros aderezaban la Nochebuena y Navidad de las familias más humildes. Pero una cosa es segura, tanto los ricos como los pobres, daban buena cuenta de todo cuanto había en la mesa. Y es que cuando se trata de comer, no hay pena que no se espante.

Como dato curioso añadimos los precios del año de 1915 de algunos productos antes mencionados:

Pavo, 30 reales*

Dos libras de besugo, 8 reales

Cuatro cajas de jalea, 20 reales

Ocho naranjas, 3 reales

*4 reales equivalen a 1 peseta

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