La Noche del Animatógrafo.

Había salido de casa con tiempo, no tenía prisa. Me dirigía a mi destino dando un agradable paseo por la ciudad, fijándome en detalles y personas que por lo general no habrían captado mi atención. A esa hora de la tarde la vida comenzaba de nuevo a fluir por las venas de Madrid. Mi destino era el Teatro Parish, o como también se llamaba de cuando en cuando, el Teatro Circo de Price, adonde había sido invitado por el señor Herzog, para presenciar su nuevo espectáculo. Herzog había convocado a varios medios para que presenciáramos el ensayo, a puerta cerrada eso sí, de la nueva adquisición de unos de sus empleados, Edwin Rousby. Un nuevo aparato, llamado animatógrafo, que según él, haría palidecer de asombro a la platea.

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El animatógrafo.

No podía quedarme quieto ante tanta expectación, así que, lleno de entusiasmo, le pedí a mi jefe en La Correspondencia, que me permitiera asistir al evento con la intención de escribir una crónica, que saldría publicada en el número de la mañana siguiente. Así que, ahí estaba yo ahora, rodeado de coches de caballos y toda clase de viandantes. Venía caminando cerca de la Plaza de Cibeles. Tranvías y coches de punto poblaban la calzada y algunos viandantes aquí y allá manchaban con sus ropas oscuras el lugar. Buscaba con la mirada uno de esos modernos inventos a los que llamaban automóviles. Mi decepción fue en aumento al ver que no veía ninguno mientras me alejaba de la plaza y torcía por la calle Barquillo, dejando atrás el Banco de España, hasta llegar a la Plaza del Rey. Mis ilusiones de llegar antes para evitarme el tumulto se desvanecieron como vapor en el aire al echar un rápido vistazo a lo lejos. Conforme me acercaba al teatro, el bullicio empezaba a ser considerable. Toda clase de gentes se arremolinaban en las inmediaciones del edificio. Parecía que ningún habitante de Madrid estaba dispuesto a perderse el espectáculo.

A cada lado de la puerta había un cartel anunciando la función. Me sorprendió la austeridad y seriedad del asunto. Herzog lo debía tener muy claro si ese era su despliegue para atraer al público. Un hombre de mediana edad, su esposa cogida de su brazo, me miro de arriba abajo e hizo un mohín de desprecio al tiempo que las puertas se abrían y la multitud comenzaba a entrar. Desde luego debía sentir un fuerte desprecio por un hombre joven o por un periodista, o por ambas cosas.

Me acomodé en las filas traseras, a fin de que nadie me molestase, y me dispuse a disfrutar del espectáculo circense. Debutaba una bellísima bailarina, Rosita Tejero, que con sus increíbles acrobacias, encanto personal y gran profesionalidad se metió al público en el bolsillo de inmediato. Al acabar, el público fue abandonando poco a poco sus butacas, hasta que el teatro quedo completamente vacío, a excepción de los colegas de prensa y yo mismo. El señor Herzog se acercó a nosotros y nos invitó a que nos sentáramos en las filas más próximas al escenario. Junto a él había otro hombre, alto y bien parecido, con poblado bigote y pequeños ojos verdes. Supuse que sería el tal señor Rousby. Había un lienzo enorme en el centro de la escena. Era blanco y con forma cuadrada. Detrás nuestro, el señor Rousby manipulaba un extraño aparato. Sobre un pie metálico se arbolaba un sistema de poleas, la más grande de ellas provista de una manivela, hasta llegar a la cúspide, de donde en uno de los lados se recostaba una especie de caja negra con un agujero en el centro.

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Antigua ubicación del Teatro Circo de Price, en la Plaza del Rey. Finales del siglo XIX.

Rousby comenzó a girar la manivela. Una gran luz proveniente del mencionado agujero nos deslumbró a todos. Los ojos de Rousby centelleaban, presos de una fuerte emoción. Señaló con el dedo al gran lienzo blanco y nos dimos la vuelta, curiosos. Lo que vieron mis ojos fue algo que jamás pensé que pudiera ser posible. Era una fotografía, pero no lo era al mismo tiempo. Se movía. Tenía vida. Era un hombre haciendo diferentes gestos con el cuerpo. Si no fuera por el sonido que producía el animatógrafo al ser movido por el señor Rousby, hubiese asegurado que aquel hombre estaba allí, delante de mis narices, en carne y hueso. Había asistido a infinidad de espectáculos de magia y prestidigitación, pero lo que vi aquella noche permanecerá en mi retina hasta que expire el último aliento.

Mi proyecto de crónica se cayó en el último momento, aunque me dejaron escribir un pequeño párrafo como testimonio de lo que vi. Algo ridículamente escueto y aséptico para lo que se merecía.

Anoche, después de la función y del debut do la bellísima artista Rosita Tejero, que obtuvo grandes y merecidos aplausos, fuimos invitados por el director del Circo, Mr. Herzog, a presenciar el ensayo del Animatógrafo. El efecto de este nuevo espectáculo fue extraordinario. Los que han visto el Kinetóscopo de Edison podrán apreciar lo que es una fotografía con vida y movimiento. Del Animatógrafo puede decirse que es un kinetóscopio con proyector y con el cual, en el círculo de un cuadro disolvente, aparecen escenas de un movimiento y vida extraordinarios. Mr. Rousby, inventor del aparato, fue muy felicitado. La prensa invitada a presenciar el ensayo fue obsequiada espléndidamente

Tres días después, el 14 de mayo de 1896, se hizo una proyección pública en los bajos del Hotel Rusia, en la Carrera de San Jerónimo, bajo la atenta mirada de Alexandre Jean Louis Promio, hombre de confianza de los hermanos Lumière. Muchos se vanagloriaron de haber asistido a la primera proyección cinematográfica de Madrid. Cada vez que alguna persona me lo comentaba, no podía dejar de esbozar una ligera sonrisa y asentir, mientras mi mente me llevaba de nuevo a aquella mágica noche del 11 de mayo, donde, junto a unos pocos afortunados, fui testigo por primera vez en España, de uno de los milagros de nuestra época.

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