El Hombre sin Cabeza

Caminaba con paso decidido por la calle San Felipe Neri. El día había amanecido radiante, pero ahora unas nubes negras amenazaban con descargar su acuosa carga sobre la ciudad. Y no estaba dispuesto a mojarme, por supuesto. Al llegar a la esquina con la calle Mayor torcí a la izquierda y enfile por la calle de Bordadores. A esa hora de la mañana la calle estaba atestada de gente. Desde caballeros con sus esposas cogidas del brazo, niños correteando y robando frutas en los puestos callejeros, hasta ancianos harapientos apostados en las esquinas, esperando que algún buen samaritano se apiadase de ellos con algunas monedas. Por el camino me crucé con algunos conocidos, pero debían tener la misma intención que yo, ya que no se pararon y sólo me saludaron llevándose la mano al sombrero. El viento cada vez era más fuerte y la oscuridad iba ganando terrero a la luz. Aceleré el paso. Al llegar a la calle Arenal, y con gran esfuerzo por abrirme paso, giré a la derecha, hacía la Puerta del Sol. Parecía un salmón luchando contra la corriente. Decenas de personas hormigueaban de aquí para allá. Los coches de caballos apenas podían pasar y los conductores tenían que hacer verdaderos esfuerzos para hacer a los caballos avanzar. La atmósfera estaba inundada de sonidos de látigos restallando, que se mezclaban con el piafar de caballos, risas, exclamaciones y saludos de los viandantes. El viento hacía que todo pareciese lejano, envolviéndolo, como un amante celoso, en su apremiante abrazo. Sentí la primera gota sobre mi rostro como un golpe seco y húmedo. El cielo había decidido dejar de ser clemente. Poco después me encontré con la Iglesia de San Ginés a mi derecha y decidí que era tan buen sitio como otro cualquiera para resguardarme. Apostados en la puerta había un par de mendigos que hicieron sonar sus cuencos con algunas monedas, con la intención de que contribuyese yo también. Les eché un par a cada uno y crucé el umbral de la puerta.

San Ginés

Iglesia de San Ginés, hacia 1910.

Me sorprendió la intensa quietud que desprendía el templo. Apenas entraba luz por las pequeñas ventanas y solo unas pocas velas iluminaban vagamente la estancia. Casi había que obligar a las pupilas a que se dilatasen más, tal era la oscuridad. Me acerque a uno de los bancos y me senté, al tiempo que me quitaba el sombrero. Nunca he sido muy creyente, y muchos menos practicante pero, por alguna extraña razón, sentí el impulso de santiguarme. Al parecer, los empeños de mi madre por convertirme en un buen cristiano habían calado más hondo de lo que pensaba. Afuera ya se oía el cielo tronar en pleno diluvio y el viento golpeaba con secos golpes la puerta de la iglesia. Permanecí sentado y en silencio un buen rato, abstraído en mis pensamientos, haciendo tiempo para que la tormenta amainase. Un leve grito, agónico y lejano, me hizo regresar a la realidad. Aquello me sobresalto, ya que no había nadie más en la iglesia. Por un momento pensé que había sido el viento, pugnando por abrirse paso por entre los postigos de la puerta, pero de nuevo sonó, esta vez más claro y cercano. Provenía del altar. Agudicé la vista y me pareció ver una figura pasar por delante del retablo. Vestía totalmente de negro y parecía que los objetos se vislumbraban a través de él. Lo más aterrador de todo es que sobre sus hombros no se asentaba cabeza alguna. Se detuvo, y girando lentamente su traslúcido cuerpo, me miró. Sabía que me estaba mirando, aunque no pudiese hacerlo de un modo físico. Había algo en su gesto, algo que emanaba de su figura, una fuerza capaz de mirarme, aunque no tuviese ojos para hacerlo. No podía apartar la mirada. Esa fuerza me atrapaba y hacia que sintiese sus pupilas clavarse en las mías. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y la sangre se me cuajó en las venas. Pasado unos segundos, la figura despareció entre las sombras que rodeaban el altar.

         -¿Lo ha visto, verdad?

Pegué un brinco en el asiento y me di la vuelta en seguida, lleno de terror. Delante de mí había un hombre mayor, de unos 60 años. No le había oído llegar hasta allí. No distinguía bien sus facciones, debido a la escasa luz, pero sí pude ver un crucifijo que le colgaba del cuello y sus ojos, unos ojos que centelleaban con inusual fuerza. Desvelaban un hombre que no se detiene ante nada, poseedor de una firme resolución. Un hombre que ha visto demasiadas cosas y que, por extrañas que parezcan, está dispuesto a darlas el beneficio de la duda.

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San Ginés.

Una sonrisa asomó a su rostro, dejando entrever sus dientes blancos y bien conservados. Sin duda, era un hombre que no había pasado estrecheces.

-No se alarme caballero. Le pido disculpas por haberle asustado. Sirvo en esta iglesia desde hace mucho tiempo, y no todos los días se conoce a alguien que también le ha visto.

Dijo esto último muy emocionado, como si estuviese a punto de presenciar un espectáculo de magia. Me miro durante unos segundos y, al ver que no decía nada, prosiguió.

-Una historia terrible ¿sabe? Se la contaré, puesto que la tormenta aún continúa. Ocurrió en una época lejana, oscura para los avances tecnológicos de nuestro siglo. Reinaba Pedro I y Madrid no era más que una pequeña villa de unos 4.500 habitantes. Esta pequeña iglesia fue testigo de un acto atroz, propio de salvajes. Unos ladrones, aprovechando el amparo que ofrece la oscuridad de la noche, irrumpieron en el tiempo para robar todo lo que pudieran llevarse: cálices de oro, crucifijos y todo tipo de joyas. No se dieron cuenta que un anciano, que se encontraba rezando, estaba siendo testigo del robo. Hubiese sido mejor que el infeliz no hubiese estado allí. Los ladrones, al percatarse de su presencia, decidieron matarle allí mismo para que no pudiese delatarles. Le cortaron la cabeza y la colocaron a los pies de la virgen, como si encomendándola a la santa, sus almas quedasen libres de pecado. Desde aquel día el ánima del anciano se aparece dentro de estas paredes, clamando venganza para aquellos que le arrebataron la vida. Y eso que habéis visto, señor, es el espectro del hombre que vaga sin cabeza en esta tierra, sin encontrar la paz.

Al acabar, el anciano se quedó mirándome con gesto enigmático. Volví la vista hacía al altar pero no había ni rastro de la figura.

-Dígame…

Al girarme de nuevo el hombre había desparecido. Miré en todas direcciones pero no logré dar con él. Como el espectro, parecía que se hubiera desvanecido. El sol entraba en dorados rayos por las ventanas de la iglesia. Me calé el sombrero y, tras santiguarme de nuevo, me levante y me dirigí a la puerta. Me quede un momento allí, quieto, con la mano agarrando el asa de la puerta. Oí de nuevo ese paralizante grito agónico y volví la cabeza. Frente a la imagen de la virgen, inmóvil, la ondulante luz de las velas pasando a través de él, estaba la figura del anciano sin cabeza. Una vez más volví a sentir su mirada sobre mí. Y una vez más me estremecí. Estaba allí, en un gesto de siniestra amabilidad, despidiéndome. Abrí la puerta y salí de allí. El sol volvía a brillar en el cielo. Eché a andar en dirección a la Puerta del Sol, perdiéndome en la multitud.

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