La Leyenda de la Cueva

Llueve. Cada gota golpea el suelo con un incesante martilleo. El viento sopla con fuerza por entre los árboles, creando penetrantes silbidos cuando corre por entre las hojas. La calle esta desierta. No se oye ni un sonido. Es como si el tiempo se hubiese detenido, demasiado cobarde para luchar contra la oscuridad de la noche. De pronto, una figura aparece recortada bajo la luz de la luna. Camina deprisa, embozado en una capa para protegerse del lacerante frío. Sus dientes castañean y con cada pisada siente que sus pies son presa de fuertes punzadas. Mira al suelo, como si toda su atención la tuviesen los adoquines de la calle. La lluvia y el viento siguen arreciando con fuerza, calando el sombrero, la capa y hasta los huesos de nuestro caminante. Los elementos actúan como movidos por una fuerza que no es de este mundo. Crujen las ramas, el viento hace mover violentamente las contraventanas de las casas cercanas, y el pálido resplandor de la luna baña con su blanquecina luz la calle y, más al fondo, la mina del Jardín de los Peralta, sellada tiempo atrás. El hombre aprieta el paso conforme se acerca a la entrada de la mina, como presintiendo algo que está a punto de ocurrir. Hay algo en la atmósfera que le hace sentir escalofríos. Un desgarrador aullido, surgido de lo más profundo del alma humana, corta el aire con su espeluznante sonido. Pronto se transforma en quejidos lastimeros que el viento transporta a través de los árboles. La sangre se le cuaja al hombre en las venas. Por un momento, el miedo le paraliza, incapaz de dar un paso más. La fugaz idea de volver sobre sus pasos le pasa por la cabeza, pero la deshecha rápidamente. Los lamentos se acentúan cada vez más, pero esta vez acompañados por ruidos metálicos, de picos y hachas, como si alguien estuviese cavando en busca de un tesoro oculto. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, el hombre consigue dar un paso y comienza a alejarse del lugar, mientras los lamentos, gritos y súplicas inundan la noche.

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Diego Felipe de Guzmán, Marqués de Leganés, de quien toma el nombre la actual calle.

Así comienza, aunque no de modo tan dramático, la leyenda de la calle de la Cueva. Esta calle se llama actualmente Marqués de Leganés. Reza la leyenda que en esta calle se escuchaban por las noches fuertes gritos y lamentos procedentes de una mina cercana, tapiada para evitar robos. Pronto se corrió la voz de que esas voces eran de un ánima que moraba, solitaria, por la mina. Paralelamente, se había encontrado muerto cerca del Portillo de Santo Domingo, Don Gonzalo Pico, comendador dela Orden de Alcántara, a quien dos hombres, embozados en sus capas, le habían salido al paso, asesinándole. Pico fue enterrado en la Capilla Mayor del convento de Santa Ana, por aquel entonces en la calle San Bernardo. Según cuentan, los criados de Peralta habían visto atravesar los huertos a un espectro blanco con el aspecto de Gonzalo Pico.

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Lo mismo aseguraba un monje del monasterio de Santa Ana, que dijo haberlo visto salir de la tumba acusando a su viudadoña Munia Ximénez, de ser la causante de su asesinato. Doña Munia murió unos meses después pero, en el momento de darle sepultura, su fantasma confesó al Abad de Santa Ana que su hija estaba encerrada en la cueva de la quinta de los Peralta. Abrieron la cueva y encontraron el cadáver de la chica roído por las ratas. Al parecer, uno de los tíos maternos de la niña la había llevado allí en busca de un tesoro que había escondido tiempo atrás Gonzalo Pico acompañado de la niña, que sabía el paradero del mismo. La niña, en un traspiés, calló en un derrumbe de la cueva y murió, siendo sus restos abandonados en la cueva.

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