La Noche de San Daniel

Hace escasos minutos que el sol ha comenzado su vertiginoso descenso a través de los cielos para sumir a la ciudad en la más profunda oscuridad. Los faroleros, en estoica profesionalidad, hormiguean por las calles encendiendo las farolas. Su luz ambarina imprima un cariz surrealista a los edificios y a los pocos transeúntes que huyen del lugar. Son como espectros anunciando la matanza. En la Puerta del Sol apenas se oye un ruido. Nada hace distinguir la realidad que ven nuestros ojos de si estuviéramos mirando el mundo a través de una pintura. Madrid está en suspenso, como detenida en el tiempo. Casi se puede tocar con los dedos la tensión. Se palpa en las calles vacías, en los perros callejeros que apenas se paran en la inmundicia para llevarse algo a la boca, en las miradas fijas y rostros tensos del Cuerpo de Guardias Civiles que custodian las Puerta del Sol. Sus ojos, iluminados por la escasa luz de los faroles, son heraldos del futuro, mensajeros de algo que ya ha pasado. Permanecen en formación, a la espera de órdenes y el destello de sus sables a la luz les hace semejar luciérnagas en la noche. Los caballos piafan y resollan, nerviosos, cómplices del miedo de sus jinetes.

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Único grabado que se cree que existe sobre la Noche de San Daniel. 

De pronto, un rumor, apenas perceptible al principio, pero que va ganando fuerza poco a poco se adueña del lugar. Los jinetes fuerzan su vista para ver lo que se les viene encima. Por entre las calles y callejuelas una marea humana camina hacia ellos. Liderando la marcha, una banda de músicos avanza con paso decidido con el objetivo de dar una serenata en honor de Juan Manuel Pérez Montalbán y Emilio Castelar, debido a que aquel se había negado a acatar la orden de cesión en su actividad de Catedrático de Historia de la Universidad Central a este último, dada desde el gobierno. Desde esa mañana el nuevo rector, Diego Miguel y Bahamonde, había tomado posesión de su cargo provocando la ira de los estudiantes, obreros y representantes del Partido Progresista y del Liberal que se agolpaban ahora en la Puerta del Sol.

Ya no había marcha atrás. Habían acudido hasta allí con la intención de dar una simbólica serenata. Y eso es lo que iban a hacer. Ni la mismísima Guardia Civil, que seguía impasible frente a ellos, les impediría dar su particular homenaje a Montalbán y Castelar. Cuando se disponían a empezar el recital, sin mediar intimidación o advertencia, los guardias a caballo arremetieron en cegadora carga contra los manifestantes. Con las bayonetas caladas refulgiendo con la cerúnea luz de los faroles a sus espaldas, los manifestantes se perdían por las calles adyacentes, tratando de huir del infierno que se les echaba encima. El tumulto y vocerío eran espantosos. Se oyeron varios disparos y nuevas cargas tuvieron lugar. La noche hacía más irreal lo que los ojos captaban. No eran jinetes, sino espectros surgidos de las entrañas de la tierra. Altos, gallardos, el fulgor de sus miradas intimidaban con solo verlos, presos del frenesí de la matanza. Algunos manifestantes, en su huída por las callejuelas, trataban de hacer barricadas con la inútil intención de frenar el avance de la caballería. Niños, mujeres y ancianos fueron presa del rigor del acero. Cuando la multitud fue dispersada, sobre los pálidos adoquines de las calles, manchados ahora de sangre, yacían catorce muertos y varias decenas de heridos. La historia recordaría esta serenata como La Noche de San Daniel.

Emilio_Castelar

Emilio Castelar.

El suceso narrado tiene su origen en una circular emitida por el gobierno de Narváez el 27 de octubre de 1864, por la cual se prohibía que en las universidades o fuera de ellas, los catedráticos anunciaran opiniones contrarias al Concordato de 1851 o defendieran, entre otras, las posiciones del Krausismo. Emilio Castelar, por aquel entonces dirigente del Partido Progresista y Catedrático de Historia de la Universidad Central, publicó en su periódico varios artículos contra el gobierno. Pero hubo dos que tuvieron consecuencias fatales. Los días 21 y 22 de febrero de 1865, Castelar arremetía contra la Reina Isabel II. La causa fue la crisis económica que atravesaba nuestro país por aquel entonces. Para hacer frente a la misma el gobierno dictó que se enajenasen parte de los bienes del Patrimonio Real, aplicando una parte (75%) como ingresos públicos y el resto entregándoselo a la propia reina. Esta medida provocó las iras del Partido Progresista y del Partido Demócrata. El 21 de febrero Emilio Castelar publicaba un artículo titulado ¿De quién es el Patrimonio Real? Y, al día siguiente, otro artículo titulado El Rasgo. En ambos era tremendamente crítico con la medida anteriormente expuesta. Isabel decidió ceder el 75% del Patrimonio Real a las arcas públicas, para así hacer frente al gran déficit público, y de conservar el 25% para ella. Presentado en el congreso, esta medida tuvo gran acogida por parte de los sectores más conservadores el hemiciclo, llegando a decir Narváez que un gesto “tan grande, tan extraordinario tan sublime.” Castelar, por el contrario, opinaba que tal gesto no existía, calificándolo, con sorna, de Rasgo. Para él, lo que había hecho la reina era apropiarse de un patrimonio que era ya “del país… La casa real devuelve al país una propiedad que es del país”. El artículo fue inmediatamente censurado, aunque eso no logró que se extendiese como la pólvora en forma de pasquines y octavillas. Las críticas se acentuaron y el Ministro de Fomento, Antonio Alcalá Galiano, en virtud de la circular emitida en 1864, exigió a Juan Manuel Montalbán el cese inmediato de Emilio Castelar, contra quien el 8 de marzo se dictaba prisión.

Cesado Montalbán, ese mismo día se nombró al citado Bahamonde como nuevo rector de la Universidad. La reacción no se hizo esperar. En solidaridad con su colega Castelar, parte del profesorado dimitió, entre ellos los catedráticos Nicolás Salmerón y Miguel Morayta.

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General Ramón María Narváez.

Lo narrado en el primer párrafo fue lo que siguió después de estos hechos, los cuales provocaron el cese definitivo del gobierno de Narváez. Aunque no de forma inmediata. Muchos eran los que tenían miedo de las posibles represalias por no ser simpatizantes del poder establecido. Tuvieron que pasar dos meses, hasta el 21 de Junio de 1865, para que Isabel II destituyera a Narváez y volviese a llamar a O’Donnell para que tomase las riendas del país.

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