De escultores y reyes.

Las campanas de una iglesia cercana repican anunciando el nuevo día. La mañana se presenta límpida y clara, como solo el sol del invierno es capaz de hacer. El sol asciende lentamente en su eterno viaje a través del horizonte. Pietro Tacca se encuentra frente a la ventana, tapado con una manta de gruesa lana. Sus largos y huesudos dedos agitan enérgicamente el cristal para quitar el vaho que le impide ver la calle. A pesar de ser un anciano, sus profundos ojos negros brillan con el fulgor de la juventud. Ayer, a última hora de la tarde, llegó un emisario con un nuevo encargo. Un encargo que apenas le ha dejado pegar ojo durante toda la noche.

A través de los empañados cristales sus ojos no pierden detalle. Un panadero coloca cuidadosamente los panes recién horneados a ambos lados de la puerta de su local, un borracho sale dando bandazos de una taberna al tiempo que una prostituta se le acerca, zalamera. Un mendigo lucha por un mendrugo de pan podrido con una rata al que se le unen rápidamente varios gatos. Hombre y bestias luchan por un pedazo de miseria que llevarse a la boca. Pietro junta las manos y sopla fuertemente en un vano intento por calentar sus viejos huesos. Su mente trabaja sin descanso, es un encargo importante, uno de tantos, pero este es especial. Presenta una audacia técnica que no está seguro de como solventar. A sus 57 años, Pietro Tacca duda. Y eso le inquieta, hace que un escalofrío le recorra el cuerpo de arriba abajo. Se dice para sí mismo que es producto de la edad y del frío, pero en el fondo de su alma sabe que es su orgullo herido, tambaleándose en su pedestal. Solo recuerda una sensación semejante, cuando aún no era más que un aprendiz y debía presentar su primer trabajo a su maestro. Él estaba convencido de que aquella escultura era una obra merecedora de tal nombre, pero su maestro no opinó lo mismo y, por primera vez en su vida, Pietro Tacca sintió las opresivas manos de la humillación aplastando su corazón. Ahora, más viejo y más sabio, no puede evitar sonreír recordando aquel suceso. Con gesto decidido, como espantando de un plumazo sus titubeos, se aleja de la ventana y se dirige al piso de abajo, donde, antes de volver al trabajo, da buena cuenta de unas truchas con un buen vaso de vino. Con cada trago rumia la idea, macerándola en su cabeza, dejando que cale en su ser, pero no consigue llegar a una solución plausible. El sol, ya a mitad de camino de su cenit, sigue su ascenso imparable. Sus rayos se filtran por las ventanas e iluminan el rostro de Prieto que permanece sentado, posados sus ojos en la mesa, su mirada mira más allá de la madera, de su casa y de la ciudad donde vive, Florencia.

Pietro Tacca

Busto de Pietro Tacca.

Sirva esta novelesca introducción como divertimento literario ante uno de los más célebres escultores del período Barroco. A él le debemos una de las obras más complejas de su época. Comenzada en 1634, el centro de la Plaza de Oriente, entre el Teatro Real y el Palacio Real, sobre un imponente pedestal rodeado de un estanque se erige, desafiando al mundo, la estatua ecuestre de Felipe IV. Su particularidad reside en que fue la primera estatua ecuestre cuyas patas delanteras estaban suspendidas en el aire, soportando todo el peso las patas traseras del equino, posición que se conoce como de corveta.

Esto audacia técnica supuso un verdadero quebradero de cabeza para Tacca que llegó a pedir el asesoramiento físico-matemático de Galileo Galilei para tamaña empresa. Este le dijo que la solución era hacer la parte delantera hueca y la trasera, donde se apoyaría todo el peso, maciza. Aunque si nos fijamos bien, el final de la cola también está apoyado sobre la base.

pietro-tacca-4

La escultura.

Para la realización de la escultura Tacca se sirvió de unos bocetos realizados por Velázquez para que aquel se hiciera una idea de cómo sería el encargo. A su vez, Velázquez le envía un cuadro de Felipe IV a caballo, que se puede ver hoy día en el Museo del Prado. Tacca se pone manos a la obra y envía una muestra de la obra en barro o yeso para la aprobación del monarca. El rey se muestra descontento con el modelo de la cabeza. Alega que se le parece poco. La obra vuelve a los talleres de Florencia hasta que se encuentre una solución. Velázquez, consciente de que no es cuestión de mandar más bocetos de la cabeza del monarca, encarga a su buen amigo Juan Martínez Montañés (1568-1649) que modele una cabeza del rey para enviársela a Tacca y que a partir de ésta, haga el modelo de la cabeza de la escultura.

Martínez_Montañés_ejecutando_el_busto_de_Felipe_IV,_by_Diego_Velázquez

Juan Martínez Montañes, retratado por Diego Velázquez, realizando el modelo de la cabeza de Felipe IV.

El rey queda encantado con el trabajo y ordena mandar el modelo al taller de Tacca, para que prosiga con el trabajo. No es hasta 1640, irónicamente, el año de su muerte, que Tacca acaba la obra. Y lo más asombroso de todo es que, en esos 6 años, Pietro Tacca no pudo sacarse de la cabeza el principal problema de la escultura. Como hacer que se sostenga sobre sus dos patas traseras y la estructura no se venga abajo.

Sin verse apenas, cuatro grandes genios de su época, cada uno en su campo, trabajaron conjuntamente para satisfacer los deseos de grandeza de un rey. Decidme si eso no es poder.

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