Las Casas de Postas

En los agitados días de nuestro tiempo viajar no requiere más que la propia voluntad de viajar y un poco de dinero. Solo nos separa de nuestro destino el medio de transporte que usaremos; coche, avión, tren o barco. En un abrir y cerrar de ojos podemos estar al otro lado del mundo sin que hayan pasado ni 24 horas. Pero no siempre ha sido así, ¿Qué suponía iniciar un viaje para los hombres de siglos pasados? Largas jornadas de travesía, cansancio y, sobre todo, peligro. Es por este motivo que cuando se crearon las casas de postas el hecho de viajar sufrió un cambio radical.

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Coche de postas, hacia 1870.

Las casas de postas nacieron con el objetivo de avituallar y proveer de caballos a lo largo de las líneas de correos que unían las principales poblaciones de un país o región. Muchas de estas casas servían además como parada de diligencias para viajeros. Sobre la puerta de la casa se ponía un escudo de las armas reales y un rótulo con grandes letras moldeadas en las que se podía leer: parada de postas.

En Madrid, desde la llegada de los Austrias al poder, el servicio postal y, por tanto, las casas de postas, fueron creciendo y estableciendo cada vez servicios más profesionales. La primera casa de postas se estableció, valga la redundancia, en la calle de postas, pero fue reubicada, en 1795, con el nombre de Real Casa de Postas, en el edificio proyectado por Juan Pedro Arnal contiguo a la Real Casa de Correos, entre las calles de la Paz, Pontejos y Correo.

Contaba, al igual que el resto de casas de postas diseminadas por España, con un maestro de postas, quien debía cuidar de los caballos y tenía a su cargo a uno o varios postillones que asignaba a los viajeros.

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Edificio de la Real Casa de Postas.

Con el objetivo de llevar un registro periódico y ordenado de los sucesos  del servicio en cada casa de postas había un libro de matrícula, foliado y rubricado por el administrador principal de correos en el cual constaban todos los dependientes de la posta tanto de número como aspirantes, con expresión de su nombre y apellido, edad, pueblo de su naturaleza, época de su nombramiento y las notas que juzgaran oportunas respecto de su conducta y celo en el cumplimiento de sus deberes. En él se hallaba inventariado el ganado de la parada y los efectos de cualquiera clase destinados al servicio.

Y no solo eso, sino que además, existía una especie de hoja de reclamaciones en donde los viajeros podían dejar constancia de las faltas que sufría el servicio y de las quejas que podían tener por el estado de las paradas.

Debía ser, sin duda, toda una aventura viajar en aquellos tiempos. Una aventura que continúa hoy si bien no con los mismo medios, si con el mismo espíritu.

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