6 cosas que no sabías sobre El Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

El monasterio de El Escorial sigue inspirando hoy, en pleno siglo XXI, un sentimiento de grandeza y misterio. Muchas son las leyendas que hay en torno a él y a su promotor, el rey Felipe II y no pocas de ellas tienen su parte de verdad.

Hoy vamos a repasar algunas de esas leyendas o datos curiosos que envuelven con un halo de misterio a uno de nuestros monumentos más emblemáticos.

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Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, de Juan de Herrera.

El Emplazamiento

El Monasterio de San Lorenzo de El Escorial se haya emplazado en la ladera meridional del monte Abantos, a 1028 metros de altura, y ocupando una superficie total de 33.327 m2. Este emplazamiento parece que no fue elegido por casualidad. Según una teoría, los encargados de buscar el emplazamiento adecuado (Juan Bautista de Toledo, Juan de Huete, Pedro de la Hoz y Juan de Colmenar) fueron testigos de una atronadora tormenta cuando inspeccionaban la zona. La acción de los relámpagos, de alguna manera, les hizo comprender que ése, y no otro, debía ser el terreno donde se levantase el Monasterio, a mayor gloria de Felipe II y la monarquía hispánica. Otras leyendas aseguran que en esta zona se encontraba una boca de entrada al infierno, por la existencia de unas antiguas galerías de una mina y por los rayos que caían sin cesar en la zona y que hacían palidecer de espanto a los vecinos.

Reliquias

Dentro de la Basílica del monasterio se hallan dos enormes altares-relicarios, pintados por Federico Zuccaro, que acumulan en su interior más de siete mil reliquias de santos y santas procedentes de distintas partes del mundo. La mayoría de ellas son falsas y hoy en día solo se contabilizan más 300 como auténticas. Fueron adquiridas por Felipe II a lo largo de su vida, con su correspondiente certificado de autenticidad. En el monasterio se hallaron reliquias de todos los santos con excepción de tres: San José, San Juan Evangelista y Santiago el Mayor.

Pero la reliquia con más fama es, sin duda, una porción del paño, adquirida por el rey en 1588, con el que la Virgen se habría enjuagado las lágrimas de los ojos al ver a su hijo crucificado. A pesar de haberse confirmado su falsedad, en sus últimos años de vida, Felipe II gustaba de tenerla siempre cerca porque, según él, le aliviaba el dolor de su maltrecho cuerpo.

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Altar real de la Basílica de El Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Alquimia

Felipe II tenía un gran interés en la alquimia. Este interés se basaba en el intento de recuperar su precaria salud y no tanto en buscar la piedra filosofal, como se ha venido asegurando hasta la fecha. Por este motivo, el rey reunió en la gran biblioteca del monasterio, un sinfín de tratados relacionados con esta misteriosa ciencia, así como literatura sobre magia y astrología.

Uno de estos libros, Della Física del alquimista boloñés Loenardo Fioravanti, está dedicado personalmente al monarca. Otro alquimista inglés, Richard Stanihusrt, recibió el encargo del rey de escribir una obra (Toque de Alchimia, 1593) que sirviese para distinguir a los verdaderos alquimistas de los falsos. Incluso se cree que este hombre llegó a preparar brebajes y elixires para restablecer la salud del rey. No sabemos si el monarca llegó a consumirlos pero lo que sí sabemos es de la existencia de varios extraños artilugios alquímicos, muchos de los cuales son descritos por Jehan L’hermite como la famosa Torre Filosofal.

La Leyenda del Perro Negro

Esta es una de las leyendas más famosas en torno a El Monasterio de El Escorial y a la figura de Felipe II. La leyenda nos cuenta que, coincidiendo con el arranque de las obras del monasterio, un perro negro se paseaba habitualmente por el lugar, aterrorizando a los obreros. En la madrugada de 21 de junio de 1577, los monjes, entre los que se encontraba el padre Villacastín, escucharon unos aullidos estremecedores. Al día siguiente, los monjes decidieron colocar un collar en el cuello del perro para ahuyentar las presencias malignas que según ellos poseían al perro. Quizá fuese el guardián de la boca del infierno, a la que hemos hecho referencia en líneas anteriores.

Enterado Felipe II, este quiso acabar con la vida del perro colgándolo en una de las ventanas del convento. Veintiún años después, cuando Felipe regresó a El Escorial para morir, el rey de negro, preguntó al padre Villacastín por el perro en cuestión, asegurando al religioso que había vuelto a ver al animal y que sus estremecedores ladridos y aullidos le atormentaban, como anunciándole la próxima muerte.

La Sala de los Secretos

En esta sala, según cuenta la leyenda, el arquitecto Juan de Herrera, pudo dar una reprimenda al monarca y salir airoso de la osadía.

La peculiar arquitectura de esta sala es capaz de que, un individuo, situado en un extremo de la sala, sea capaz de ser escuchado por otro individuo situado en el otro extremo del recinto, y sin apenas levantar la voz. Juan de Herrara aprovechó este ingenio de su propia cosecha para hacer una buen a causa. Enterado de que los obreros llevaban varias pagas atrasadas, hizo reunir a varios cortesanos, amén del propio Felipe II, con la intención de mostrarles la sala. Cuando el rey estuvo en la posición deseada, Juan de Herrara, disimuladamente, se acercó a una de las paredes y susurro “Majestad, no está bien que los trabajadores lleven dos semanas sin cobrar”. Felipe II, sorprendido por la insolencia de esa voz y de su falta de origen aparente preguntó ¿Quién osa hablar así al Rey? A lo que Juan de Herrara respondió “El Ángel de la Guarda de los laborantes”.

Después de este suceso, el rey pago inmediatamente todos los pagos atrasados y  nunca más se retrasó en el futuro.

El Pudridero Real

Ya su solo nombre inspira desconfianza y angustia. Se trata de una pequeña sala próxima al Panteón Real, en donde se hallan los restos mortales de la Familia Real desde la construcción del Panteón Real en 1654. Solo los agustinos pueden acceder a esta reducida estancia donde, cubiertos de cal viva, aguardan los restos mortales durante  unos 25 años tras una ceremonia que se repite desde hace siglos. El propósito de este proceso con cal es la reducción de los cuerpos para que puedan ser depositados en los diminutos cofres de plomo de 1 metro de largo por 40 centímetros de ancho. La estancia es vigilada por unos 50 frailes agustinos desde 1885, año en el que les fue conferida la tarea de custodiar los restos.

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Panteón Real, construido por Juan Gómez de Mora según planos de Juan Bautista Crescenzi.

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