Un italiano en la corte de Isabel II

Templo de Salomón. Jerusalén. Año 560 A.C. Una fanfarria de aire solemne y fúnebre, interpretada por los metales, inunda la escena. De pronto, una explosión con percusión y cuerda rompe la severa quietud, para volver de nuevo a la melodía triste. Poco a poco la música va creciendo y el empuje del ejército asirio no encuentra rival en las destruídas murallas de Jerusalén. En medio de la algarabía, un clarinete entona una melodía conocida, un canto a la libertad. Es el Va pensiero, el pueblo hebreo no se dará por vencido, prevalecerán, y algún día, con la ayuda de Dios, echaran al invasor Nabucodonosor de su sagrada ciudad.

La derrota es clara. La música sube y sube, cuerda, metales, viento, timbales y platillos se funden en una melodía triunfal. Nabucodonosor entra victorioso en Jerusalén. En el interior del templo, hebreos y Levitas hierven de ira y desolación. Sobre la dramática música, un coro de derrotados hombres, entona, afligido:

Gli arredi festivi giù cadano infranti

il popol di Giuda di lutto s’ammanti!

Ministro dell’ira del Nume sdegnato

il rege d’Assiria su noi già piombò!

Di barbare schiere l’atroce ululato

nel santo delubro del Nume tuonò!

nel santo delubro del Nume tuonò!*

Esta poderosa apertura pertenece a la ópera Nabucco, compuesta por Giuseppe Verdi con libreto en italiano de Temistocle Solera. Y precisamente del señor Solera, y de su relación con Madrid, es de lo que vamos a hablar.

Verdi-Nabucco-Libreto-Ricordi-1923

Portada del libreto de Nabucco de la Edición Rocordi.

Temistocle Solera nació en Ferrara el día de Navidad de 1815, en el seno de una familia de clase media. Por aquel entonces, Ferrara se encontraba bajo el dominio de los Estados Pontificio, pasando en 1832 a formar parte del Imperio Austríaco, cuando Temistocle contaba con 17 años. Durante toda su vida fue un aventurero y amante de la vida, las mujeres y la música. De imponente presencia física, Temistocle nos es descrito por Augusto Martínez Olmedilla un hombre gigantesco, de espaldas hercúleas y cuello de toro, cabeza enorme, ojos penetrantes y voz potente. Un hombre vividor, intrigante, excesivo en casi todo. Tomo parte activa en la propaganda anti-austriaca, al igual que su padre, al cual habían encarcelado en 1821. Desde entonces el gobierno austríaco asumió la responsabilidad de ocuparse de la educación del joven Solera, enviándolo al colegio imperial de Viena. Fue allí donde nació su amor por las artes, en especial la música y la literatura. Allí también germinó su inclinación por la aventura y la indisciplina. Se escapó del colegio y fue a unirse a una compañía circense. Pero su aventura duró poco al ser detenido por la policía en la frontera húngara, que lo llevó de vuelta con su familia y ésta, sin comprender la sed de aventuras y el pasional temperamento de su hijo, lo envió a un internado en Milán. Y es aquí, en Milán, donde todo comienza. En Milán asiste al conservatorio de música, lo que le permite estrenar 4 óperas en La Scala de Milán entre 1840 y 1845.

Temistocle_Solera

Temistocle Solera.

El éxito le llegaría con su colaboración con el gran Verdi, que por aquel entonces también estaba luchando por hacerse un hueco en el siempre exigente mundo de la ópera.

¿Y dónde encaja Madrid en todo esto? Tranquilos, que todo llega.

Precisamente cuando Temistocle estaba inmerso en la escritura del libreto de la que sería la novena ópera de Verdi, Attila, el señor Solera decidió marcharse de Italia rumbo a Madrid, dejando el libreto a medio escribir. ¿Y por qué decidió dejarlo todo e irse a Madrid? Pues por una mujer, por supuesto, y no una mujer cualquiera, no, su esposa, la soprano Teresa Rosmoni. Corría el año 1846 y Temistocle iniciaría en Madrid una próspera y feliz etapa de su vida. Mientras dirigía en el Teatro del Circo una representación de la compañía que había montado con la Rosmoni, oyó como un oficial de ejército, sentado en primera fila, hablaba mal de la reina Isabel II. Don Temistocle, soltando bruscamente la batuta, suspendió de inmediato la función y, rojó de cólera, arremetió contra el oficial, acusándole de traidor y cobarde, ya que osaba insultar así a su reina y ofender a una dama. El escándalo

El militar responde airadamente ante la imprecación; llueven los insultos sobre unos y otros en medio de un tremendo escándalo en el que se llega a las manos. La reina, que ocupa su palco en el teatro, quiere conocer al hombre que se había erigido en paladín de su causa de modo tan apasionado. Lo invita a palacio, y allí mismo, sobre la marcha, le convierte en uno de los personajes más destacados del Madrid de la época. Isabel lo nombró consejero áulico y director del incipiente Teatro del Real Palacio mientras se llevaban a cabo las obras del futuro Teatro Real, del que llegó a ser el director durante la temporada de 1852. Fue tal la buena impresión que en ella causó Solera que hasta le autorizó para llevar un vistosísimo y excéntrico uniforme consistente en tricornio, casaca de terciopelo sobre la que resaltaban los botones de oro y diamantes que ella misma le había regalado, y un espadín. Es fácil imaginar la sensación que causaría contemplar a ese gigante y apasionado hombre por las calles de un Madrid provinciano con semejante traje y con la fama que le acompañaba: porque la principal función del señor Solera fue la de amante de Isabel II, a menos si tomamos por ciertos la ingente cantidad de rumores que sobre el tema circulaban por la capital de España, y que, dada la enorme voracidad sexual de la reina, parecen del todo verosímiles.

Isabel_II_of_Spain

Isabel II, hacia 1840.

Tener semejante favor de la mujer más poderosa de España tenía que despertar necesariamente los celos entre los aristócratas españoles, que lo consideraban un advenedizo. Temistocle intervino en política, descubrió (en teoría) conspiraciones y hasta se batió en duelo.

Pero como todo en esta vida, la suerte de Solera en Madrid se acabó tras un incidente callejero. Durante el transcurso de una pelea con uno de sus enemigos, Temistocle casi mataa su adversario de un puñetazo. Este hecho hizo que inevitablemente tuviera que alejarse de la corte y de Madrid inmediatamente, para ya nunca más regresar.

Después, como era propio de su carácter viajó por toda Europa. Fue embajador en Lisboa, correo secreto entre Napoleón III y Víctor Manuel, rey de Italia, jefe de la policía en Milán, Palermo, Florencia y Bolonia y hasta viajó a Egipto, estableciéndose allí al encomendarle el Jedive la organización de la policía del país.

Un hombre con tanta atracción por el riesgo y las aventuras no podía acabar bien su vida. Y, efectivamente, Solera regresa a Milán, arruinado y enfermo. Temistocle Solera fallecía así, olvidado por todos, el 21 de abril, domingo de Pascua, de 1878

Un hombre que lo tuvo todo en nuestra querida ciudad por un fugaz momento, no es ahora más que un recuerdo borroso y algo extravagante de nuestro reciente pasado.

Seguramente a Don Temistocle le hubiera gustado aquella frase que dice Danny Kaye en El Bufón de la Corte (Melvin Frank, Norman Panama, 1956) a la princesa después de haber sido hechizado por la malvada Griselda:

!Vivo para el momento, muero por un beso, sufro por una sonrisa, jamás camino cuando puedo volar ni nunca huyo cuando puedo pelear!

*

¡Que caigan los oropeles festivos!
¡Que la gente de Judá se vista de luto!
¡Como ministro de la ira de Dios
ha caído sobre nosotros el rey de Asiría!
El estrépito de las hordas bárbaras
resonó en el interior del templo de Dios!
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