Madrid Mítico

Siempre se ha dicho que los madrileños son más chulos que un ocho, que son unos fanfarrones, uno echaos pa’lante. Pero lo de la historia de hoy deja en serios apuros a todos esos calificativos. Atención, porque no tiene desperdicio.

Durante el Imperio Español, en donde nunca se ponía el sol, la capital del reino fue trasladada, en 1561,  de Valladolid a Madrid por orden de Felipe II. Como todo gran imperio a lo largo de los siglos, un mito fundacional que elevase la gloria de la nación hasta la divinidad era algo que no podía retrasarse. Por eso, muchos cronistas y literatos de la época quisieron realizar un mito que pusiese a Madrid, y por extensión, al Imperio Español, en el panteón de las grandes capitales imperiales de la historia.

Según el mito, en la lejana Albania, Tiberis, hijo de Bianor, descendiente de los supervivientes de Troya (junto a los que se encontraba Eneas) era el rey. Tiberis tuvo dos hijos. El primero, legítimo, que heredó el nombre y el reino familiar y el segundo, bastardo, fruto de la pasión del rey con una aldeana llamada Manto. A este hijo bastardo le llamaron Bianor, en honor a su antepasado troyano. Con el fin de evitar futuros problemas sucesorios, Tiberis ordenó que Bianor y su madre se exiliaran del reino. Así, madre e hijo emprendieron viaje hacia la península itálica donde fundaron una ciudad a la que llamaron Manto, hoy Mantua.

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Manto, madre del príncipe Ocno Bianor. Declaris Mulieribus. Biblioteca Nacional de Francia.

Pasaron los años y Bianor pasó de niño a muchacho y de muchacho a hombre. Un hombre además muy atractivo según parece. Manto le propuso heredar el reino de Mantua pero Bianor, que había sido visitado en sueños por el dios Apolo, lo rechazó. Apoló le reveló que debía peregrinar a las tierras donde muere el sol y de este modo evitaría una gran mortandad que asolaría la ciudad. La profética visión de Bianor no hizo que su madre tomase en serio, pero a los pocos días el sacerdote de Apolo y los principales jefes militares de la ciudad murieron debido a una extraña enfermedad. Manto, ante la evidencia, dejo marchar a su hijo no sin antes pedirle que, de ahora en adelante, añadiese a su nombre el pronombre Ocno que quiere decir El que posee el don de ver el porvenir de los sueños.

Así, Ocno Bianor emprendió su peregrinación hacia el oeste, hacia donde muere el sol, para salvar a su pueblo. No era algo para tomarse a la ligera, el mismísimo Apolo le había encomendado la misión. Tras diez años de largo y penoso viaje, Ocno Bianor llegó a un lugar donde nuevamente se le apareció el luminoso Apolo. El dios le ordeno fundar en ese preciso lugar una ciudad, hacerla crecer y ofrecerla a los dioses. Bianor preguntó al dios que hacía falta para hacer que esa ciudad fuese próspera y feliz. Apolo respondió con tristeza que Bianor debía entregar su propia vida. Solo con este sacrificio se aseguraría la pervivencia de la ciudad tantos siglos como vivieran los dioses. Al despertar, Bianor contempló el lugar en el que se encontraba. Le gustó. La tierra era bella, luminosa y el paisaje hermosísimo. Los ríos eran caudalosos y abundantes y la vegetación era rica en encinas y madroños. Diseminado por los montes circundantes, había chozas pobladas por pastores.

Habló Ocno con el jefe de los ancianos de la tribu y descubrió que se hacían llamar carpetanos, Los sin ciudad. Venían de Oriente y por el camino habían fundado grandes ciudades en la costa, perdiéndolas a manos de otros pueblos más belicosos que ellos. Sus sacerdotes les impidieron fundar nuevas ciudades hasta que recibieran una señal de los dioses.

Ocno les reveló que la señal ya se había producido. Él era el enviado por Apolo para fundar una nueva ciudad. Los ancianos se mostraron recelosos con esta revelación divina pues pensaban que Bianor ambicionaba reinar sobre la ciudad y sus territorios. Bianor despejó sus dudas cuando les dijo que él debía morir para asegurar la felicidad de la ciudad. Los ancianos convocaron a todas las tribus de carpetanos diseminadas por la región. Desde el Tigus Aurifer hasta las blancas cumbres de Guadarrama.

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Estatua del dios Apolo.

Bajo el liderazgo y empuje de Bianor, los carpetanos edificaron una ciudad, grande y próspera. Llegado el momento de consagrarla, surgió la discordia entre los ancianos y el resto del pueblo. Los ancianos querían, al igual que Bianor, consagrar la ciudad al dios Apolo mientras que el resto de las gentes deseaban hacerlo a verracos y toro de piedra. Viendo que ninguna de las partes daba su brazo torcer, Ocno Bianor imploró a Apolo para que le ayudase con su sabiduría. Tras orar, se quedó profundamente dormido. Apoló acudió presto a la llamada, indicándole que la ciudad debía ser consagrada a la diosa Metragirta, o Cibeles, pues ésta era la diosa de la tierra. Pero también le dijo que la hora había llegado. Bianor debía entregar su vida y así el círculo se cerraría.

Al despertar, Ocno Bianor reunió al consejo de ancianos y les anunció la voluntad de Apolo. Debía ser sepultado vivo en un pozo de gran profundidad y al morir, la discordia acabaría.

Tras los rituales de purificación pertinentes, Bianor fue enterrado en un profundo pozo al que sellaron con una gigantesca piedra labrada. Todo el pueblo permaneció sentado y en silencio alrededor del pozo durante toda una luna, en señal de respeto hacia su benefactor. La última noche se desató una colosal tormenta y, por entre el resplandor de los relámpagos, en las lejanas cumbres de Guadarrama, descendió una nube con forma de carro. Conduciendo el carro y aún cegados por el resplandor que emanaba de la nube, los carpetanos atisbaron una silueta de mujer, que les miraba con toda superioridad y elegancia de una diosa.

Desde entonces, la ciudad se llamó con el nombre de la diosa, Metragirta, nombre que con el lento devenir de los siglos, pasó a ser Magerit y posterior y finalmente, Madrid.

Así que ya sabéis, si os dicen por la calle que sois muy chulos y fanfarrones, podéis decir que por vuestras venas corre sangre divina y que Apolo y Metragirta os protegen.

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