Vuelva Usted Mañana

Hoy vamos a rendir homenaje a uno de nuestros escritores más famosos, prolíficos y prestigiosos. Su vida, como la de tantos otros en nuestro convulso siglo XIX, está llena de tragedia, dolor y muerte. El pasado 13 febrero se cumplían 176 años de su muerte. Conozcámosle un poco mejor.

LARRA

Mariano José de Larra.

Mariano José de Larra y Sánchez de Castro nació en la calle de Segovia de Madrid un 24 de marzo de 1809, en plena Guerra de la Independencia contra los franceses. Su padre, Mario de Larra y Langelot, era un distinguido médico afrancesado y ocupaba el puesto de cirujano militar en el ejército de José I Bonaparte. En 1813, cuando Larra contaba 4 años y a causa de la derrota de los ejércitos imperiales, tuvieron que huir del país, exiliándose, primero en Burdeos y después en París.

Gracias a la amnistía decretada por Fernando VII, la familia pudo regresar a España en 1818 y se estableció en Madrid, donde el padre se convirtió en médico personal del infante Don Francisco de Paula, uno de los hermanos del rey Fernando.

Larra destacó en su faceta de articulista, donde desmenuzaba, atacaba y satirizaba los usos y costumbres de la sociedad donde vivía. Escribió bajo varios seudónimos como Fígaro, Duende, Bachiller y El Pobrecito Hablador, para periódicos como La Revista Española o El Español. Algunos de sus artículos más famosas son La Nochebuena de 1836, El Castellano viejo o Vuelva usted mañana (en donde muestra su descontento con España y sus gentes).

Pero si algo marcó a Larra de por vida e hizo que todo su mundo se desmoronase fue su desmesurado y trágico amor, muy al gusto romántico, que le llevo a la tumba a la temprana edad de 27 años. Dolores Armijo era esa mujer que le arrancó el corazón y por cuyo amor fue capaz de quitarse la vida.

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Dolores Armijo.

Casada ella también (al igual que Larra, pues se había casado con Josefa Wetoret en 1829 y fruto del matrimonio nacieron 3 hijos) iniciaron una tormentosa relación en 1831.

Larra sigue radiografiando a la sociedad española en sus artículos de crítica social a su vuelta al periodismo en 1832 con El Pobrecito Hablador, en el cual escribió con el seudónimo de Juan Pérez de Munguía. En El Pobrecito, Larra muestra la ilusión ilustrada y progresista de que es posible superar, con la esperanza en el mañana, el castellanismo viejo de un patriotismo anquilosado en el pasado. Ese mismo año Larra comienza a colaborar con La Revista Española, periódico de orientación liberal. Con el seudónimo de Fígaro, insertaría crítica literaria y política dentro de cuadros costumbristas, al amparo de la relajación auspiciada por la muerte de Fernando VII.

Larra se divorcia de Josefa en agosto de 1834, al encontrar ésta unas cartas de amor dirigidas a Dolores, escondidas en el pupitre del escritor. Humillada y despechada por el dolor, Josefa manda las cartas a José María Cambronero, marido de Dolores. Al recibir las cartas, el cornudo marido, humilla en público a su mujer por lo que acaban divorciándose. Cambronero emigra a Filipinas y ya nunca más volvió a ver a Dolores.

Huyendo de las malas lenguas y del ambiente hostil que emanaba Madrid hacia su persona, Dolores huye de Madrid. Primero a Extremadura y, finalmente, a Ávila. Durante este período, Dolores y Larra retoman la relación, aunque de forma muy esporádica.

Larra, desesperanzado y desengañado, se va de Madrid, iniciando un viaje que le llevaría a Lisboa y París. Con esto pretendía huir del dolor que le atenazaba el corazón. Demasiadas desgracias seguidas. Las dos mujeres de su vida le habían abandonado.

Tras la caída del gobierno de Mendizábal, decidió intervenir en la política activa a favor de los moderados, siendo elegido diputado por Ávila en 1836. No fue casual su elección por Ávila. Como hemos dicho, Dolores vivía allí. Quería estar más cerca de ella, pues aún guardaba esperanzas de que su amor prosperase. Sin embargo, el Motín de La Granja en agosto de 1836, con la que se restaura la Constitución de 1812, impidió que tomara posesión de su escaño.

Su creciente desaliento e inconformidad ante el curso de la sociedad y la política españolas junto con el dolor que le produjo su separación definitiva de Dolores Armijo (Larra la había visitado en Ávila en febrero de 1836, sin conseguir ningún resultado positivo) quedaron reflejados en sus últimos artículos. Quizá el más notable es El día de difuntos de 1836, publicado en El Español, en el que detrás de su habitual ironía aparecía un hondo pesimismo.

El 13 de febrero de 1837, Larra recibe un telegrama en el que Dolores le avisa de que irá a verle ese mismo día. Este mensaje dará nuevas esperanzas al desalentado Larra, que ve en este gesto un signo de reconciliación. Reconciliación que ansiaba por encima de todas las cosas, pues amaba a Dolores y tenía el deseo de casarse con ella.

En la fatídica noche del 13 de febrero de 1837 Dolores Armijo, acompañada de su cuñada, le visita en su casa (el tercer piso del número 3 de la calle Santa Clara), para exigirle que le devolviese unas cartas que la implicaban como adúltera y le comunica que no había ninguna posibilidad de acuerdo, puesto que había tomado la decisión de volver con su marido. Ambas mujeres abandonan la estancia dejando a Larra sumido en la más profunda desesperación. Sin dudarlo un instante, coge su pistola, que probablemente escondería en un cajón de su modesta vivienda (o quizá la tenía sobre la mesa, donde escribía sus artículos, como premonizando las oscuras noticias que habían de comunicarle esa misma noche… ¿Quién sabe?), y se descerraja un tiro en la sien derecha cuya bala, tal fue la violencia del disparo, queda alojada en la pared tras rebotar en una vidriera de la estancia. Su cadáver fue descubierto por su hija Adela, de 6 años, cuando se disponía a dar las buenas noches a su padre.

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Pistola con la que se suicidó Larra.

Moría así uno de los personajes más célebres de nuestro romanticismo. Sus artículos son un testimonio de incalculable valor sobre la sociedad española de principios del siglo XIX y, gracias a ellos, podemos conocer como pensaba, sentía y vivía.

Su entierro, el día 15, fue multitudinario. Durante el mismo, un joven poeta vallisoletano, de 20 años, alto y con poblado bigote, recitó un poema dedicado al difunto, que conmocionó a los allí congregados. Su nombre era José Zorrilla.

Su sepulcro se encuentra en el Sacramental de San Justo de Madrid, en el Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Allí descansa junto a otros grandes de las letras españolas como José de Espronceda o Ramón Gómez de la Serna.

P.D

Por ironías de la vida, Dolores Armijo emigró a Filipinas pocos días después de la muerte de Larra. Durante la travesía, el navío en el que viajaba zozobró a la altura del cabo de Buena Esperanza. La mujer que había marcado la vida de El Pobrecito Hablador halló la muerte a miles de kilómetros de casa, en las oscuras y profundas aguas del océano atlántico. Quizá, ante la inminencia de la muerte, pensó por un instante fugaz, en Don Mariano y en como hubiera sido su vida junto a él, antes de descansar bajo el océano, junto con el resto del pasaje abordo del buque.

Existe un Museo del Romanticismo, sito en la calle San Mateo 13 de Madrid donde se guarda la pistola con la que Larra se suicidó. La entrada general cuesta 3 € y la reducida 1,50 €. Su horario es el siguiente:

De martes a sábado: de 9:30 a 18:30

Domingos y festivos: de 10:00 a 15:00

http://museoromanticismo.mcu.es/index.html

Si queréis seguirle la pista a Don Mariano, pasaros por su twitter, @LarraMJ. Fígaro ha vuelto para quedarse, os lo aseguro.

Agradezco la ingente aportación de datos y ayuda proporcionada por Ainhoa Mompeán, que han hecho posible la redacción de este artículo. Gracias.

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