Asesinato en la calle del Turco

El 27 de diciembre de 1870 todo estaba preparado en España para la inminente llegada del nuevo rey, Amadeo I de Saboya. En el Parlamento, el general Juan Prim y Prats, de 56 años, presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, capitán general de los Ejércitos, marqués de los Castillejos y conde de Reus, había conseguido, por fin, la aprobación de las últimas propuestas relacionadas con la Casa Real. Sólo le quedaba por cerrar algunos detalles en el palacio de las Cortes para viajar, al día siguiente, a Cartagena, donde recibiría al nuevo monarca.

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Amadeo I de España, rey de España (1870-1873).

Eran alrededor de las 19:30 y una espesa nevada cubría con su blanco manto la noche madrileña. A la salida de la cortes el general se despidió con cortesía de algunos diputados y ministros y se dirigió a su coche, una berlina verde de cuatro ruedas tirada por dos caballos que le aguardaba en la puerta del Congreso. Subieron el general y dos acompañantes: el coronel Moya, que se sentó en la parte delantera, y el ayudante personal del general, Nandín, que se acomodó a su lado, en el asiento trasero.

El destino era el Palacio de Buenavista, donde se hallaba la residencia presidencial y, como era habitual, tomarían la ruta que pasaba por la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas).

Al enfilar la calle del Turco se encontraron con dos carruajes de caballos atravesados en el estrecho camino. El cochero tuvo que detener la berlina en medio de la densa nevada. Acto seguido el coronel Moya se asomó a la portezuela y contempló con alarma cómo tres individuos, sin duda avisados de la llegada de Prim, se dirigían hacia el coche armados con trabucos. No tuvo tiempo nada más que para decir: «Bájese usted, mi general, que nos hacen fuego».

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Grabado coloreado que escenifica el atentado contra el general.

La advertencia fue inútil, en cuestión de segundos el carruaje fue rodeado por los asaltantes, que descerrajaron sus armas contra los cristales de la berlina, quebrándose al momento. Uno de los asesinos consiguió meter en el interior el arma que portaba. Disparó una vez más. Nandín, en un movimiento desesperado, trató de proteger a Prim, interponiendo su brazo. Las balas le destrozaron la mano, y quedaron esparcidas esquirlas y pedazos de carne abrasada.

El atentado duró sólo unos segundos. Para cuando el cochero reaccionó y fustigó a los caballos para que rompieran el cerco y huyeran a toda prisa, el daño ya estaba hecho.

Se dirigieron a toda prisa hacia la residencia del general. El general subió por su propio pie, pero con gran esfuerzo, la escalerilla del ministerio, apoyándose en la barandilla con la mano afectada y dejando en el suelo un reguero de sangre. Al encontrarse con su esposa forzó un gesto tranquilizador, obligándose a mantener la compostura para no preocuparla.

Poco después llegaron los médicos, que se pusieron manos a la obra. Tuvieron que amputarle la primera falange del anular. Sin embargo, lo más preocupante, era la enorme herida por trabuco que el general presentaba en el hombro izquierdo. Por lo menos, tenía ocho balas dentro de la carne abrasada y destrozada. Los cuidados médicos se prolongaron hasta la madrugada. A las dos de la mañana se le habían extraído siete balas.

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Juan Prim y Prats, retrato de Luis Madrazo.

Poco más pudieron hacer los médicos. Las heridas se infectaron debido a trozos del abrigo de piel de oso que llevaba para protegerse del frío, provocando una sepsis que acabó con la vida del general.

Entre tanto, las noticias difundidas mentían sobre la gravedad de las lesiones: necesitaban ser tranquilizadoras en un momento crucial para el futuro del país. Era preciso mantener la calma y difundir mensajes esperanzadores. El gobierno de Serrano anunció la muerte de Juan Prim tres días después del atentado, el 30 de diciembre de 1870.

Al conocer la noticia, la sociedad española quedó conmocionada. Su guía, el hombre que había conducido a España por difíciles caminos y la había sacado de un período de inestabilidad política y social muy grave, había sido asesinado. La incertidumbre se adueñaba del país y ya muchos empezaron a poner nombres y apellidos a los culpables del magnicidio.

El duque de Montpensier y el regente general Serrano fueron señalados como instigadores y al republicano José Paúl y Angulo como ejecutor junto con otros nueve hombres. La policía nunca pudo esclarecer quienes fueron los autores el complot. Sin embargo, hace algunos años, se encontraron dos documentos que señalan, al menos, al duque de Montpensier como unos de los implicados en el magnicidio.

En el primero de ellos, del 9 de septiembre de 1871, se dice «que aparecía en primer término la responsabilidad del Excmo. duque de Montpensier, contra quien debe dirigirse el procedimiento como principal autor del complot que tuvo por objeto el asesinato del Excmo. Sr. D. Juan Prim». En el segundo, del 12 de junio de 1872, solicita, además, «prisión del Excmo. Sr. duque de Montpensier».

En septiembre de 2012, la Comisión Prim del Departamento de Criminología de la Universidad Camilo José Cela consiguió que la momia del general fuese desenterrada para practicarle una autopsia y poder fijar el momento exacto de su fallecimiento. Los resultados fueron sorprendentes. Los trabucazos no dieron a Prim en ningún órgano vital, pero le provocaron una hemorragia que lo llevó a la muerte.

En cualquier caso, el fallecimiento del general se debió de producir no demasiado tiempo después de recibir los disparos y en ningún caso tres días más tarde, tal y como anunció el gobierno de Serrano.

De él dijo Henry A. Layard, el embajador británico en España, en un informe confidencial, poco antes de su asesinato, como el hombre “más influyente del país, que había mostrado un tacto y una habilidad en sus relaciones con las Cortes, y una atención y capacidad para el Gobierno, que difícilmente podían esperarse de alguien que ha seguido una estricta carrera militar”.

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